Más allá del Discurso: el respeto, la partitura oculta de nuestra humanidad.
Por: Diana Osorio
“Observa tus pensamientos, se convertirán en
tus palabras.
Observa tus palabras, se convertirán en tus acciones.
Observa tus acciones, se convertirán en tus hábitos.
Observa tus hábitos, se convertirán en tu carácter.
Observa tu carácter, se convertirá en tu destino”.
Existe una frontera invisible donde la mente, la biología y la sociedad se abrazan. Esta máxima oriental atribuida a Gandhi —aunque su autoría exacta ha sido discutida— no es sólo una bella reflexión moral; es un mapa de ruta científico y filosófico. Nos advierte que lo que ocurre en el silencio de nuestro cerebro (los pensamientos) termina por esculpir la realidad que compartimos con los demás (el destino) y en el centro exacto de ese viaje, sirviendo como el puente que une lo que somos por dentro con cómo transformamos el mundo por fuera, se encuentra una palabra tan pronunciada como incomprendida: respeto.
Cuando
la serie de reflexiones que hoy nos convoca se titula Más allá del discurso,
es precisamente porque el respeto no puede habitar en la comodidad de las
buenas intenciones o las frases hechas. El respeto no es un concepto estático
que se contempla; es un “músculo neurolingüístico” que se ejercita y una
decisión filosófica que se toma cada vez que interactuamos con el entorno. Es
el verdadero común denominador de nuestra existencia humana; la regla oculta
que determina si nuestras palabras construirán un refugio para la empatía o un
campo de batalla para la hostilidad.
Para
entender su verdadero poder, hace falta bajarse del pedestal de la teoría
abstracta y mirarlo de cerca, allí donde se cruzan los circuitos de nuestras
neuronas, las páginas de la gran literatura y la mirada del otro.
Porque
como otras palabras, el respeto también es una de aquellas que pronunciamos constantemente:
en las aulas, en las familias, en los discursos políticos, en las empresas, en
las redes sociales… Pedimos respeto cuando sentimos que alguien ha cruzado un
límite, reclamamos respeto cuando una opinión diferente nos incomoda y, con
frecuencia, hablamos de él como si fuera una especie de norma básica de
convivencia que todos deberíamos conocer, pero ¿qué significa realmente
respetar?
Es una
pregunta que en principio parece innecesaria, después de todo, ¿quién no sabe
qué es el respeto? Sin embargo, basta observar algunas de nuestras
conversaciones cotidianas para descubrir una paradoja: podemos exigir respeto
mientras descalificamos, podemos hablar de tolerancia mientras intentamos
modificar al otro para que se parezca a nosotros y podemos defender la libertad
de expresión mientras utilizamos las palabras para reducir, humillar o silenciar.
No
sé si el problema sea que hayamos olvidado respetar; a lo mejor nunca nos detenemos
lo suficiente para comprender. Por eso, para hacerlo mejor, podemos comenzar
por una frase: Volver a mirar. La etimología tiene, a veces, la
capacidad de devolvernos a las palabras aquello que el uso cotidiano les ha
quitado. Respeto
procede del latín respectus,
relacionado con respicere:
mirar hacia atrás, considerar, prestar atención, volver a mirar.
Esta
expresión contiene una imagen hermosa, porque quizá respetar sea precisamente
eso: concederle al otro
una segunda mirada cuando la primera ya nos había convencido de conocerlo.
La
primera mirada suele ser rápida. Clasifica, compara, reconoce semejanzas y
diferencias. Necesitamos hacerlo: nuestro cerebro interpreta continuamente la
información que recibe y construye hipótesis sobre el mundo para poder
orientarse en él. La segunda mirada, en cambio, exige detenerse. Es la mirada
que pregunta, la que escucha, la que sospecha de sus propias certezas, la que
se permite pensar: a lo mejor no
conozco toda la historia. Es justo ahí donde comienza el respeto; no
necesariamente en la aceptación ni mucho menos en la obligación de estar de
acuerdo, sino reconociendo que el otro existe fuera de nuestra
interpretación.
Podemos
no compartir una idea, una decisión, una forma de vida o una manera de entender
el mundo. El respeto no nos exige convertir nuestras diferencias en
coincidencias, sino aprender a reconocer que la dignidad del otro no depende de
que piense como nosotros. Esta idea, que puede parecer sencilla, tiene una
larga historia filosófica.
Como
ocurre con otras de mis reflexiones, esta vez fue una situación cotidiana la
que me llevó a pensar en esta idea del respeto. Leía una nota de un diario
malagueño en la que se hablaba del temor a las grabaciones no consensuadas, del
riesgo de manipulación de imágenes mediante inteligencia artificial y del auge
de las modas vinculadas a los estereotipos de belleza, a propósito de la
posibilidad de que el topless, una práctica habitual durante décadas en las
playas españolas, esté perdiendo presencia. Entré a leer la noticia y, entre
los comentarios, encontré opiniones diversas: muchas personas consideraban
positiva esta tendencia, mientras otras cuestionaban también el uso de bikinis
extremadamente pequeños y calificaban estas prácticas como una falta de
respeto.
La
situación me hizo detenerme en una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué
consideramos respetar? Algunas personas argumentan que determinadas prendas
pueden constituir una falta de respeto porque toda sociedad se rige por ciertas
normas y códigos de vestimenta. Desde esta perspectiva, respetar implicaría
adaptarse a la sensibilidad colectiva del lugar. Otras personas, en cambio,
apelan a la libertad individual y al contexto: no es lo mismo entrar en una
iglesia o en un templo religioso con un bikini que estar en una playa, un
espacio destinado al ocio y al baño. Desde esta segunda mirada, el respeto se
vincula con la autonomía personal y con el derecho de cada individuo a decidir
sobre su propio cuerpo, siempre que no vulnere los derechos de los demás y aquí
es donde vuelvo al significado de la palabra: respetar, volver a mirar, mirar
con atención. Considero que el verdadero respeto comienza cuando somos capaces
de distinguir entre aquello que realmente agrede la convivencia y aquello que
simplemente nos incomoda porque desafía nuestras propias normas, creencias o
expectativas. En casos como este, la falta de respeto no estaría necesariamente
en el cuerpo ajeno ni en la elección de una determinada prenda, sino en la
mirada que juzga, etiqueta o pretende imponer sobre ese cuerpo los propios
prejuicios, tabúes o inseguridades.
Al
menos en las sociedades occidentales contemporáneas, esta cuestión también
puede leerse a la luz de una larga evolución en torno al derecho sobre el
propio cuerpo y de la distinción entre la moral privada —aquello que
consideramos correcto o incorrecto desde nuestras preferencias personales— y el
civismo público —aquello que efectivamente vulnera derechos, daña o agrede la
convivencia—. Un bikini, por pequeño que sea, o hacer topless no constituye por
sí mismo una agresión física hacia otra persona. Entonces, quizá muchas veces
aquello que calificamos como una falta de respeto por parte de un tercero sea,
en realidad, nuestra propia incomodidad ante algo que desafía las normas
mentales con las que hemos aprendido a mirar.
El otro no es una cosa
Ahora
bien, imaginemos por un momento que entramos en una tienda. Observamos un
objeto, lo evaluamos, preguntamos cuánto cuesta, para qué sirve, cuánto durará.
Si satisface nuestras necesidades, si deja de ser útil, podemos sustituirlo. Nuestra
relación con las cosas está atravesada, en buena medida, por la utilidad, pero
nadie debería relacionarse con una persona desde esa misma lógica.
Immanuel Kant formuló una de las ideas fundamentales de la ética moderna al distinguir
entre aquello que tiene un precio y aquello que posee dignidad. Las cosas
pueden tener un valor relativo: pueden ser intercambiadas, sustituidas,
utilizadas. Una persona, en cambio, posee un valor que no puede reducirse a su
utilidad.
Por
eso, en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Kant (1785/1997) sostiene que el
ser humano debe ser tratado siempre como un fin en sí mismo y nunca únicamente
como un medio.
Llevada
a nuestra vida cotidiana, la idea puede resultar mucho más incómoda de lo que
parece. ¿Respetamos realmente a las personas cuando sólo las valoramos mientras
cumplen nuestras expectativas, o respetamos acaso cuando escuchamos a alguien
únicamente para encontrar el momento de responder?, ¿respetamos cuando queremos
a una persona, pero condicionamos nuestro afecto a que cambie aquello que nos
incomoda o cuando convertimos al otro en un medio para satisfacer nuestras
necesidades emocionales, sociales o profesionales?
Convertir
a alguien en una función, tiene más esa forma de irrespeto, aunque parezca
sutil: El buen empleado, la
buena madre, el hijo que debería ser, la pareja que tendría que comportarse de
determinada manera, el inmigrante que debería hablar como nosotros, la mujer
que debería vestir de cierta forma, el adolescente que debería pensar como un
adulto. Cada etiqueta parece describir, pero muchas veces termina
encerrando. Cuando una persona deja de ser alguien para convertirse en un debería, hemos comenzado a
sustituir su existencia por nuestra expectativa.
La
ética nace en el encuentro con el otro, esta es la mirada de Emmanuel Levinas. Su
reflexión sobre el rostro no se refiere simplemente a contemplar unas
facciones, sino a ese instante en que dejamos de enfrentarnos a una categoría
abstracta y nos encontramos con alguien cuya existencia nos interpela (Levinas,
1961/1969).
El
otro no es simplemente el otro
porque sea diferente; es otro porque nunca podremos reducirlo completamente a
nuestras propias categorías y tal vez ahí reside una de las dificultades más
profundas del respeto: aceptar que hay una parte del otro que no nos pertenece.
No
tenemos que comprenderlo todo para respetarlo, no necesitamos aprobarlo todo, no
tenemos ni siquiera que sentir simpatía. Necesitamos reconocer su humanidad y,
aunque eso parece poco, en realidad, es enorme. Porque cuando dejamos de exigir
que el otro se parezca a nosotros para concederle dignidad, el respeto deja de
ser una cortesía y se convierte en una posición ética. Pero este reconocimiento
no queda suspendido en el aire de las ideas filosóficas, antes de convertirse
en una doctrina, el respeto ocurre en un cuerpo: en el nuestro y en el cuerpo
de quien tenemos delante.
Las palabras y su impacto en el cuerpo
Pensemos
en una escena cotidiana: alguien nos dice: “No
sirves para esto”. Tal vez la frase dure dos segundos, pero sus
efectos pueden permanecer durante años.
Ahora
imaginemos otra escena: una persona nos escucha y dice: “Entiendo que lo hayas vivido así,
aunque yo lo veo de otra manera”. La diferencia no está únicamente
en la cortesía, está también en la posibilidad de que la conversación continúe.
Las
palabras no son objetos abstractos que flotan en el aire hasta desaparecer. Son
estímulos que el cerebro interpreta dentro de un contexto y que pueden influir
en nuestras emociones, nuestra atención, nuestra memoria y nuestras respuestas
fisiológicas.
La
neurociencia contemporánea ha mostrado que el cerebro no funciona como una
máquina pasiva que simplemente recibe información. Éste está constantemente
interpretando, anticipando y regulando. Cuando percibimos una amenaza —física,
social o psicológica— se ponen en marcha sistemas de respuesta que preparan al
organismo para actuar. Por eso una humillación pública puede producir rubor,
tensión muscular, aceleración cardíaca o una necesidad inmediata de
defendernos. No hace falta que exista una herida visible para que el cuerpo
registre que algo ha ocurrido. Sin embargo, sería demasiado simplista afirmar
que una palabra concreta enciende
automáticamente la amígdala o que una expresión amable libera oxitocina de manera
directa y predecible; el cerebro humano es mucho más complejo.
Lo
que sí sabemos es que el lenguaje participa en la construcción de significado y
que ese significado, dependiendo del contexto, de la historia personal y de la
situación social, puede influir en la manera en que nuestro organismo responde.
Por
eso importa tanto cómo hablamos; no porque cada palabra sea una fórmula química,
sino porque cada palabra entra en una relación humana que ya tiene historia,
memoria, expectativas y emociones, y aquí aparece una
capacidad extraordinaria de nuestra especie: la posibilidad de intentar
comprender lo que ocurre dentro de otra mente.
La difícil tarea de imaginar al otro
Cuando
escuchamos a alguien contar que está triste, no podemos entrar literalmente en
su cerebro y experimentar su tristeza, pero podemos intentar comprenderla. Podemos
preguntarnos qué piensa, qué siente, qué desea, qué teme.
Esta
capacidad está relacionada con lo que la psicología cognitiva denomina Teoría de la Mente:
nuestra facultad para atribuir estados mentales a otras personas y comprender
que sus pensamientos, deseos, creencias e intenciones pueden ser diferentes de
los nuestros.
No
significa leer literalmente la mente de nadie, se trata más bien de reconocer
que el otro tiene una mente propia que, aunque parece obvio, gran parte de
nuestros conflictos comienzan precisamente cuando olvidamos esa obviedad. Suponemos
que sabemos por qué alguien actuó. Interpretamos una mirada, juzgamos un
silencio, convertimos una frase aislada en una intención completa. Construimos
una historia y después reaccionamos frente a ella como si fuera un hecho.
Aquí
el lenguaje vuelve a ocupar un lugar central, porque no sólo hablamos con los
demás, también narramos mentalmente a los demás con etiquetas como: es egoísta, es una persona difícil,
siempre hace lo mismo, no le importa nadie, es así…
Cinco
frases, cinco palabras e incluso una, pueden sustituir años de historia y
cuando una etiqueta consigue ocupar el lugar de una persona, dejamos de mirar. Por
eso el respeto requiere pensamiento, detener la interpretación automática y
preguntarnos qué parte de aquello que estamos afirmando pertenece realmente a
los hechos y qué parte pertenece a nuestra propia historia.
En
este sentido, respetar también es ejercer una forma de humildad cognitiva. Aceptar
que podemos equivocarnos acerca del otro y quizá esa sea una de las formas más
difíciles de inteligencia.
Escuchar es comprender
Hay
una escena que se repite en casi todas las relaciones humanas: dos personas
hablan y ninguna escucha realmente. Una está preparando su respuesta mientras
la otra todavía habla. No escuchamos para comprender, escuchamos para
defendernos, para corregir, para demostrar, para tener la razón, para ganar. Sin
embargo, escuchar supone algo profundamente radical: hacerle espacio a una
experiencia que no es la nuestra: abrir el corazón.
Carl Rogers (1961), desde la psicología humanista, concedió a la escucha empática un
lugar central en la relación de ayuda. Comprender al otro no significa
apropiarse de su experiencia ni afirmar que sentimos exactamente lo mismo,
significa intentar acercarnos a su marco de referencia sin perder el nuestro.
Esto
es importante, la empatía (tema que exploraremos más adelante) no exige
identificación, el respeto tampoco. Podemos decir: “No habría tomado la misma decisión que tú, pero quiero
entender qué te llevó hasta allí”. En una sola frase hemos abierto
una puerta, no hemos renunciado a pensar, no hemos abandonado nuestros valores;
simplemente hemos dejado de convertir nuestra perspectiva en la única
perspectiva posible y quizá eso sea una de las formas más concretas de
libertad.
La literatura: aprender a vivir dentro de otra historia
Desde
la literatura los seres humanos, sin ser conscientes de ello, llevamos siglos
practicando este desplazamiento de perspectiva. Abrir un libro es, en cierto
sentido, un acto de hospitalidad. Dejamos entrar en nuestra mente la voz de
alguien que no conocemos. Durante unas horas podemos pensar con palabras que no
son nuestras, recorrer una época que no vivimos, amar a alguien que nunca
existió o sufrir por una pérdida que jamás experimentamos. La literatura nos
presta otras vidas y al hacerlo, ensancha la nuestra.
George Steiner (1989) llevó esta idea al territorio de la lectura. En Presencias
reales, reflexiona sobre la necesidad de una “cortesía del corazón” ante
aquello que leemos: una disposición interior que nos permita acercarnos al
texto con la apertura suficiente para reconocer que allí puede existir un
significado que todavía no comprendemos.
Esta
idea me interesa especialmente porque puede extenderse mucho más allá de los
libros. Leer, desde esta perspectiva, no consiste únicamente en interpretar;
exige también escuchar, conceder al otro —en este caso, al autor y a su obra—
el espacio necesario para expresarse en sus propios términos. Quizá esa
cortesía literaria pueda extenderse también a nuestras relaciones: escuchar a
una persona supone, en cierta medida, concederle la posibilidad de que sus
palabras contengan un significado que todavía no hemos alcanzado a comprender.
Por
eso la literatura puede convertirse en una escuela del respeto, no porque todas
las historias literarias sean moralmente ejemplares, sino porque las grandes
obras nos obligan a abandonar, durante un tiempo, la comodidad de nuestra
propia perspectiva. Nos hacen entrar en mundos que no son los nuestros y allí
ocurre algo extraordinario; descubrimos que la humanidad puede tener cientos de
rostros, que el miedo puede hablar muchos idiomas, que la soledad puede vivir
tanto en una ciudad desconocida como en una casa llena de personas, que el amor
puede adoptar formas que nunca habíamos imaginado, que incluso aquello que
rechazamos puede tener una historia detrás. La literatura pues, no elimina
nuestras diferencias, sino que nos enseña a habitarlas
Una partitura que nadie escucha por separado
Pensemos
el respeto como una partitura. Estas necesitan silencios, pausas, diferentes
voces. Si todos los instrumentos tocaran exactamente la misma nota, no habría
música.
Nuestra
convivencia se parece bastante a eso: confundimos con frecuencia la armonía con
la uniformidad. Queremos que los demás hablen como nosotros, piensen como
nosotros, amen como nosotros, eduquen como nosotros, vivan como nosotros; pero
la armonía no consiste en que todas las voces sean iguales, sino en que estas puedan
coexistir sin destruirse.
Por lo
tanto, el respeto no nos pide renunciar a nuestra voz, sino más bien aprender a
escuchar otras y, por eso, su etimología resulta tan reveladora: respectus, volver a mirar. Volver
a mirar antes de juzgar, volver a escuchar antes de responder, volver a
preguntar antes de afirmar, volver a considerar que aquello que creemos saber
puede ser apenas una pequeña parte de una historia mucho más grande. Esa
segunda mirada puede cambiarlo todo, porque cuando miramos nuevamente, el
desconocido puede convertirse en persona, el adversario en interlocutor, el
error en aprendizaje, la diferencia puede dejar de parecernos una amenaza y el
lenguaje, que tantas veces utilizamos para clasificar el mundo, puede
convertirse en aquello que siempre pudo ser: un puente hacia él.
Creo
que respetar no tiene que ver solamente con un tema de educación. El respeto es
también una forma de inteligencia que comienza cuando comprendemos que nadie
cabe por completo en una palabra, en una etiqueta, en un error, en una opinión,
ni siquiera en la historia que nosotros hemos construido sobre esa persona. Porque
ninguna biografía cabe en un prejuicio y ninguna persona debería ser obligada a
vivir dentro de la palabra que otro eligió para nombrarla.
Por
eso, antes de hablar del otro, quizá convenga detenernos, mirar nuevamente, escuchar,
preguntar y recordar que detrás de cada voz que encontramos hay una historia
que todavía no conocemos. Porque quizás y sólo quizás, el respeto consista en
tener la
humildad de aceptar que el otro siempre será más grande que nuestra primera
mirada y entonces allí, en esa segunda mirada, comience una
forma distinta de humanidad, pues al final también somos las palabras con las
que nos contamos. Porque Somos Lenguaje.
Referencias
Kant, I. (1997). Groundwork
of the metaphysics of morals (M. Gregor, Trans.). Cambridge University
Press. (Trabajo original publicado en 1785).
Levinas, E. (1969). Totality
and infinity: An essay on exteriority (A. Lingis, Trans.). Duquesne
University Press. (Trabajo original publicado en 1961).
Rogers, C. R. (1961). On
becoming a person: A therapist's view of psychotherapy. Houghton Mifflin.
Steiner, G. (1989). Real
presences: Is there anything in what we say? University of Chicago
Press.
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