Por: Diana Osorio
“La integridad no tiene necesidad de
reglas”. Albert Camus.
“Cuando vivimos con coherencia,
dejamos una huella que va más allá de las palabras”. Mario A. Puig
Desde hace
unos meses, vengo escribiendo sobre algunos temas. Suelo reflexionar
diariamente sobre el comportamiento humano, no con el ánimo de juzgar, sino de
comprender. Es verdad que solía ser mi propia juez, ser más comprensiva y
compasiva con los demás que conmigo misma, pero desde que aprendí a verme con
compasión, siento que esas autocríticas me han ayudado a crecer y a ver a los
demás también con el mismo amor.
Algunas de
las reflexiones que he realizado durante este año principalmente forman parte
de una serie que he titulado: Más allá del discurso, un espacio para
pensar el lenguaje y comprender cómo construimos nuestras relaciones y nuestra
manera de habitar el mundo a través del lenguaje. Si bien el tema sobre el que
quiero reflexionar ahora es la coherencia, ya durante el mes de junio estuve
publicando en mi perfil de LinkedIn pequeñas reflexiones, pero esta semana
venía pensando en cómo iniciar esta reflexión sobre la que quiero profundizar
un poco. Generalmente me gusta hacerlo con anécdotas, sueños, historias propias
o ajenas, etc. Mientras despertaba una mañana pensando en eso, ese mismo día la
vida me dio una oportunidad.
Suelo ir a
nadar al gimnasio varias veces a la semana, pero nadar no es algo nuevo para
mí. Desde que aprendí a hacerlo, a mis 10 años, al lado de mis dos hermanas
mayores, descubrí lo muchísimo que me gusta nadar: en ríos, piscinas, mar… Me
gusta sumergirme en el agua, realmente lo disfruto, como un hobby, por lo que
no practico la natación como deporte. Lo que quiero decir es que no hay un fin
allí, más que el de disfrutar y desconectar un momento el parloteo de mi mente.
Por lo tanto, desconozco las reglas de la natación, salvo la básica: usar gorro
dentro del agua.
Ese día,
mientras estaba nadando (suelo hacerlo por el mismo carril ida y vuelta), una
señora se había metido al mismo carril (está permitido) y yo no me había
enterado, por lo que chocamos de frente. Yo me asusté y me irrité; cabe aclarar
que mi versión actual no se irrita con facilidad. Le dije a la señora que
tuviera cuidado y ella me explicó que cuando hay más personas hay que adaptarse
a las reglas de la natación: nadar en círculos para evitar justamente esos
choques. Yo, sin conocer dichas reglas, le dije desde mi forma de comprender el
mundo que ella era quien debía adaptarse, ya que yo ya estaba en el agua
nadando o haberme preguntado; en síntesis, le dije que era una irrespetuosa y
seguí mi nado, adaptado a esa regla que yo desconocía.
Sin embargo,
cuando terminé de nadar, me di cuenta de que no estaba tan bien como cuando
termino una sesión de nado y la esperé. Le ofrecí una disculpa, sentí que fui
grosera y quería pedirle disculpas. Ella me dijo que no había problema, me
volvió a explicar cómo funciona el tema allí y yo le dije que no sabía que era
así, le agradecí por aclarármelo, pero que eso para mí no era lo más
importante, sino haber reaccionado mal con ella. Ella finalmente me dijo que, al
contrario, mi pedida de disculpas me honraba. Le agradecí nuevamente y le dije
que no lo hacía por eso, sino porque no me gustaba ser así. Nos despedimos y le
desee un lindo día. Eso, sin duda, me hizo sentir muy bien.
Mientras
caminaba a casa, me di cuenta de que esa situación justamente tenía que ver con
el tema que hoy nos convoca: ser coherente. Porque no se trata de estar siempre
vigilando nuestros actos para no cometer errores, sino de estar presentes y
comprender que, si yo profeso algo, ya sea un estilo de vida, una forma de ser,
etc., en mi día a día debo tratar de ser coherente y la coherencia es un valor
que elegí que me acompañe en mi día a día. Quizás por eso me costó durante
tanto tiempo usar mis palabras para ayudar o intentar ayudar a otros, porque
estaba tan rota que sentía que no era coherente decirle a alguien cosas
bonitas: hablar de prosperidad, de amor, de compasión, respeto, resiliencia, etc.,
cuando mis actos, muchos casos, decían otras cosas.
Vivimos en
una época en la que las palabras abundan, nunca antes habíamos tenido tantos
espacios para opinar, compartir ideas, expresar emociones o defender causas.
Publicamos, comentamos, debatimos y reaccionamos casi de manera permanente. Sin
embargo, en medio de esa sobreabundancia de discursos, me surge una pregunta:
¿basta con decir lo “correcto” para ser coherentes?
A menudo
asociamos la coherencia con la honestidad o con la fidelidad a unos principios,
pero quizás sea mucho más que eso. La coherencia es el punto de encuentro entre
aquello que pensamos, aquello que decimos y aquello que finalmente hacemos.
Cuando esas tres dimensiones permanecen alineadas, el lenguaje adquiere
credibilidad; cuando se separan en cambio, las palabras pierden parte de su
fuerza, incluso aunque sean técnicamente impecables.
Por eso, más
que un valor aislado, la coherencia puede entenderse como el puente que une el
lenguaje con la conducta, y quizá sea precisamente ese puente el que sostiene
la confianza en nuestras relaciones: familiares, laborales, de pareja… y en
nuestra manera de habitar el mundo. Para entrar en el tema, veamos
qué significa esta palabra, cuál es su origen y cuál es la relación que guarda
con el significado y el uso que hacemos de ella.
¿Qué entendemos por
coherencia?
La palabra coherencia proviene
del latín cohaerentia, derivada del verbo cohaerere, que significa "estar
unido", "permanecer adherido", "mantenerse conectado".
Está formada por el prefijo co- ("junto") y el verbo haerere ("estar
adherido", "permanecer unido"). Su origen resulta especialmente
revelador. La coherencia no hacía referencia únicamente a la ausencia de
contradicciones, aludía, sobre todo, a aquello cuyas partes permanecen unidas
formando un todo y quizás esa idea siga siendo válida cuando hablamos de las
personas.
Ser coherentes no significa no
cambiar de opinión, no equivocarnos o no atravesar conflictos internos.
Significa procurar que exista un vínculo reconocible entre nuestras
convicciones, nuestras palabras y nuestras acciones. Por lo tanto, no se trata
de parecer impecables, se trata más bien de permanecer unidos a aquello que
consideramos valioso, que se alinea con nuestro sistema de valores.
El lenguaje construye realidad,
pero no la sostiene por sí sólo
Quienes trabajamos con el
lenguaje sabemos que las palabras tienen un enorme poder. Con ellas nombramos
el mundo, organizamos nuestra experiencia, construimos identidades,
transmitimos conocimientos y damos sentido a aquello que vivimos.
El filósofo austríaco LudwigWittgenstein escribió que "los límites de mi lenguaje son los límites de
mi mundo". Más tarde, la lingüística, la psicología y las ciencias
cognitivas mostrarían que el lenguaje no sólo describe la realidad; también
participa activamente en la manera en que la interpretamos.
Si bien, as palabras crean
significado, existe una diferencia importante entre construir significado y
construir credibilidad; porque podemos pronunciar discursos profundamente
inspiradores, podemos defender causas nobles, hablar de respeto, empatía,
justicia o compasión. Sin embargo, tarde o temprano aparece una pregunta imperativa:
¿Qué sucede cuando nuestras acciones cuentan una historia diferente?
Las palabras tienen la
capacidad de iniciar un camino, pero son nuestras acciones las que deciden si
ese camino permanece abierto o se bloquea. En ese sentido, el lenguaje funciona
como una promesa acerca de quiénes somos, de cómo entendemos el mundo y de
cuáles son nuestros valores, pero tengamos en cuenta que toda promesa necesita
un respaldo y, cuando ese respaldo existe, las palabras adquieren una fuerza
extraordinaria; de lo contrario, comienzan a vaciarse lentamente de
significado. Quizás por eso confiamos menos en los discursos que en los
comportamientos repetidos, no porque las palabras no importen, sino porque
necesitamos comprobar que esas palabras sobreviven cuando llega el momento de
actuar.
La virtud como hábito
Esta preocupación no es nueva.
Hace más de dos mil años, Aristóteles ya se preguntaba qué significaba vivir
una buena vida. En la Ética a Nicómaco sostuvo que la virtud no era una
cualidad con la que algunas personas nacían, sino un hábito que se construía
mediante la repetición de acciones. Esto significa que no nos volvemos justos
por hablar de justicia, sino practicándola. No nos volvemos valientes por
admirar el valor, sino actuando con valentía cuando las circunstancias lo
requieren. Aquello que hacemos repetidamente termina moldeando nuestro
carácter.
Esta idea resulta
profundamente actual. Vivimos rodeados de declaraciones de principios, códigos
éticos y discursos inspiradores; sin embargo, ninguno de ellos tiene demasiada
fuerza si no encuentra una traducción concreta en nuestra manera de vivir: no
somos aquello que afirmamos, somos, en gran medida, aquello que practicamos.
Aristóteles también hablaba de
la phronesis, la prudencia o sabiduría práctica: la capacidad de
deliberar sobre cuál es la mejor acción posible en cada situación concreta. La
coherencia, desde esta perspectiva, no consiste en aplicar reglas de manera
automática, sino en ejercer un juicio ético que permita actuar de acuerdo con
nuestros valores incluso cuando la realidad es compleja.
Ahora, volvamos a este
aspecto: ser coherente no se trata de ser rígido, al contrario, la rigidez tiene más que ver
con la soberbia. Ser coherentes no significa pensar siempre lo mismo e
inclusive defender tu postura a como dé lugar. Muchas personas consideran que
cambiar de opinión es una señal de inconsistencia, de debilidad. Yo creo que,
en muchos casos, ocurre exactamente lo contrario, porque aprender transforma, la
experiencia transforma, el conocimiento transforma… y, cuando nosotros
cambiamos, algunas de nuestras creencias también deberían hacerlo. Hay una
frase célebre —atribuida a Albert Einstein, pero original del poeta y ensayista
estadounidense Oliver Wendell Holmes— que se ajusta a estas palabras: "La
mente, una vez expandida por una nueva idea, nunca regresa a sus dimensiones
originales".
Mantener una idea únicamente
para parecer coherentes puede convertirse en una forma de rigidez, porque la
verdadera incoherencia consiste precisamente en negarnos a revisar aquello que
ya no encaja con la realidad que hemos descubierto.
Podemos seguir defendiendo el
respeto mientras aprendemos nuevas maneras de practicarlo, podemos seguir
valorando la libertad mientras comprendemos mejor su relación con la
responsabilidad, podemos seguir buscando la verdad mientras aceptamos que nunca
la conoceremos por completo. La coherencia no exige inmovilidad, es más bien honestidad
intelectual y, por qué no, espiritual.
La coherencia desde la comunicación
La comunicación tampoco
depende exclusivamente de las palabras. Cada vez que interactuamos con otra
persona transmitimos una enorme cantidad de información de manera simultánea.
El tono de voz, la expresión facial, la postura corporal, la mirada, el ritmo
del habla, los silencios y, por supuesto, nuestros comportamientos forman parte
del mensaje. Nuestro cerebro integra todas esas señales casi de manera
automática; por eso existen ocasiones en las que sentimos que algo "no
termina de encajar", incluso cuando las palabras parecen correctas, y no
siempre se trata de una mentira, muchas veces se trata simplemente de una
incongruencia. La persona afirma una cosa, pero su conducta comunica otra.
Las investigaciones de PaulEkman sobre expresión emocional y comunicación no verbal mostraron que las
personas somos especialmente sensibles a las inconsistencias entre diferentes
canales de comunicación. Nuestro cerebro no analiza únicamente el contenido
verbal; también compara continuamente si las distintas señales cuentan la misma
historia.
Conviene hacer aquí una aclaración importante. Durante décadas se popularizó la conocida regla del 55 %, 38 % y 7 % atribuida a Albert Mehrabian, según la cual sólo un pequeño porcentaje del significado depende de las palabras. Sin embargo, esa interpretación ha sido ampliamente malentendida. Los estudios de Mehrabian se referían a situaciones muy específicas, en las que existía contradicción entre el contenido verbal y la expresión emocional, y no permiten concluir que las palabras apenas importen en toda comunicación. Las palabras importan y mucho, pero importan todavía más cuando están respaldadas por acciones consistentes. Quizás por eso la coherencia continúa siendo una de las formas más poderosas de comunicación; porque el lenguaje persuade, pero la coherencia convence y, cuando ambos caminan juntos, las personas no sólo escuchan lo que decimos; también encuentran razones para creer en ello.
La contradicción que todos
habitamos
Hasta aquí podría parecer que
la coherencia depende únicamente de la voluntad. Como si bastara con
identificar nuestros valores y esforzarnos un poco más para vivir de acuerdo
con ellos. Sin embargo, basta observar nuestra propia vida para descubrir que
las cosas no funcionan de una manera tan sencilla. Todos hemos defendido ideas
que luego no practicamos. Todos hemos prometido comportamientos que más tarde
no sostuvimos. Todos hemos exigido a otros aquello que, en alguna ocasión,
nosotros mismos incumplimos y eso no nos convierte necesariamente en personas
hipócritas, simplemente somos seres humanos.
Quizás uno de los mayores
errores que cometemos cuando hablamos de coherencia es imaginarla como un
estado permanente, como si existieran personas completamente coherentes y otras
completamente incoherentes, pero la es que vivimos atravesados por emociones,
miedos, aprendizajes, deseos, presiones sociales, experiencias pasadas y
circunstancias cambiantes. Todo ello influye en nuestras decisiones y hace que,
muchas veces, exista una distancia entre aquello que creemos y aquello que
finalmente hacemos; pero reconocer esa distancia no debería avergonzarnos, veámoslo
como una invitación a conocernos mejor.
En este punto, vale detenernos
a pensar y es que, mientras escribo estas reflexiones, también soy consciente
de que solemos detectar con bastante facilidad la incoherencia de los demás. La
vemos en las conversaciones que sostenemos con los demás, en los líderes, en
las redes sociales e incluso en las personas que admiramos o en aquellas que dedican
su labor profesional en decir algo que luego ellos mismos no sostienen. Vemos con
facilidad cuando alguien predica una cosa y hace otra. Sin embargo, existe una
contradicción mucho más difícil de descubrir y es la propia. Quizás porque
todos construimos una imagen de quiénes creemos ser y necesitamos pensar que
somos personas razonables, que nuestras decisiones tienen sentido, que actuamos
de acuerdo con nuestros principios.
Esa narrativa personal cumple
una función importante: nos permite mantener una identidad relativamente
estable, pero también tiene un costo. Cuando alguna de nuestras acciones
contradice esa imagen, solemos experimentar una profunda incomodidad, en muchos
casos, detectada por otros si no somos lo suficientemente autorreflexivos y
autocríticos. Entonces, lo que ocurre, es que, en lugar de revisar
inmediatamente nuestro comportamiento, muchas veces comenzamos revisando la
historia que nos contamos sobre ese comportamiento (para justificarlo). En este
punto, retomamos la teoría de Carl Gustav Jung y el encuentro con la sombra.
Jung dedicó buena parte de su
obra a comprender precisamente este fenómeno. Para él, todos desarrollamos una
imagen consciente de quiénes somos. Una identidad que organizamos a partir de
nuestras experiencias, nuestros valores y la manera en que deseamos ser vistos,
pero esa imagen nunca incluye todo lo que somos. Siempre existen aspectos de
nuestra personalidad que preferimos no reconocer: impulsos, temores, envidias,
orgullo, necesidad de reconocimiento, egoísmo, contradicciones, etc. A ese
conjunto de aspectos rechazados Jung lo llamó la sombra.
La sombra no representa
únicamente aquello que consideramos negativo, también contiene capacidades,
deseos o posibilidades que nunca desarrollamos porque no encajaban con la
imagen que construimos de nosotros mismos. Lo importante es comprender que la
sombra no desaparece por ignorarla, esta continúa influyendo en nuestras
decisiones, aunque no seamos conscientes de ello. Quizás por eso Jung afirmaba
que uno de los mayores desafíos del desarrollo psicológico consiste en hacer
consciente aquello que normalmente permanece inconsciente, no para eliminarlo,
sino para integrarlo.
La coherencia, desde esta
perspectiva, no consiste en convertirnos en personas impecables, se trata más
bien de dejar de fingir que nuestras contradicciones no existen. Porque sólo
aquello que podemos ver, podemos transformarlo y quizás una de las formas más
profundas de honestidad sea precisamente reconocer que nuestra conducta,
algunas veces, cuenta una historia distinta de la que desearíamos contar.
Entonces, ¿por qué solemos justificar
nuestras propias contradicciones?
La psicología social encontró
otra explicación complementaria. En 1957, Leon Festinger desarrolló la teoría
de la disonancia cognitiva, uno de los conceptos más influyentes para
comprender el comportamiento humano. Su propuesta era relativamente sencilla. Las
personas necesitamos sentir cierta coherencia interna. Cuando nuestras
creencias, nuestros valores y nuestras acciones entran en conflicto, aparece un
estado de tensión psicológica que resulta incómodo y como queremos reducir ese
malestar, tenemos, en términos generales, dos posibilidades: la primera
consiste en cambiar nuestro comportamiento; la segunda consiste en cambiar la
explicación que damos sobre ese comportamiento. Con frecuencia elegimos la
segunda: justificamos, racionalizamos, buscamos excepciones, reinterpretamos
los hechos, encontramos argumentos que nos permitan seguir pensando que
actuamos correctamente y esa, es la forma en que nuestra mente intenta proteger
la estabilidad de la identidad que hemos construido.
Quizás todos podamos recordar
alguna situación en la que dijimos: "Esta vez fue diferente”, "no
tuve otra opción”, "en realidad no era tan importante" o "cualquiera
habría hecho lo mismo". Muchas veces esas explicaciones contienen parte de
verdad, pero otras veces funcionan simplemente como mecanismos para disminuir
el malestar que produce reconocer una contradicción. Por eso el
autoconocimiento comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente por
nuestras acciones y empezamos también a observar nuestras justificaciones, ya
que no siempre somos incoherentes por mala voluntad, en muchas ocasiones somos
incoherentes porque todavía no estamos preparados para reconocer aquello que
nuestra conducta revela sobre nosotros.
Hacer consciente la distancia
Creo que existe una enorme
diferencia entre vivir una contradicción y permanecer instalado en ella, porque
es un hecho que todos nos equivocamos, todos reaccionamos impulsivamente o tenemos
días en los que actuamos peor de lo que hubiéramos deseado. La diferencia
aparece cuando somos capaces de detenernos: Observar, reconocer, pedir
disculpas si es necesario, reparar, aprender. Eso fue, precisamente, lo que
aquella mujer de la piscina me enseñó sin proponérselo, no me hizo sentir
culpable, me permitió verme —sin mencionar que me dio una inspiración para
iniciar esta reflexión— y esa diferencia es enorme. Porque la culpa suele
inmovilizarnos, pero la conciencia, abre la posibilidad del cambio.
La educación de la coherencia
Si la coherencia fuera
únicamente un conjunto de ideas, bastaría con enseñar valores para formar
personas coherentes; sin embargo, sabemos que no funciona así. Los valores rara
vez se aprenden escuchando definiciones, estos se incorporan en nuestra
identidad es observando. Por eso escuchamos tanto que la mejor forma de educar
es con el ejemplo.
Albert Bandura, uno de los
psicólogos más influyentes del siglo XX, demostró que una parte muy importante
del aprendizaje humano ocurre mediante la observación de modelos. Aprendemos
mirando, imitando, comparando, interpretando las consecuencias que tienen las
acciones de otras personas. Antes incluso de comprender racionalmente qué
significa el respeto, un niño observa cómo se hablan sus padres. Antes de
entender qué es la honestidad, observa qué hacen los adultos cuando nadie los
está mirando. Antes de comprender el valor de la responsabilidad, observa si
las promesas se cumplen o se olvidan. Porque es verdad que los discursos
enseñan, pero los comportamientos educan; es decir, más que el conocimiento, lo
que realmente da autoridad, es la consistencia.
Un docente, un padre, una
madre, un líder (espiritual o no), un directivo…, todos comunican mucho antes
de abrir la boca. De hecho, en el campo laboral lo vemos a diario, se habla de
bienestar en muchas empresas, organizaciones y demás, mientras premian el
agotamiento. Se puede hablar de innovación mientras castigan el error; o de colaboración
mientras recompensan únicamente los logros individuales y cuando eso ocurre,
las personas dejan de creer en el discurso, pero no porque el mensaje sea
incorrecto, sino porque la experiencia cotidiana cuenta otra historia.
La confianza: la consecuencia
natural de la coherencia
A lo largo de estas páginas he
hablado del lenguaje, de la filosofía, de la psicología, del aprendizaje y de
nuestras contradicciones. Sin embargo, todos esos caminos parecen conducir a un
mismo lugar: la confianza. Un tema sobre el que ya hablé en el artículo de anterior,
pero desde otra mirada. Algo más íntimo, una forma de ver el mundo, si se
quiere. Sin embargo, la confianza es también uno de los bienes más valiosos que
podemos construir en cualquier relación y, al mismo tiempo, uno de los más
frágiles.
Cuando se trata de las relaciones
interpersonales, esa confianza se fortalece cuando percibimos cierta
continuidad entre lo que dicen y lo que hacen. No porque esperemos perfección
—sería una expectativa imposible— sino porque necesitamos cierta
previsibilidad. Necesitamos sentir que sus palabras tienen un respaldo en sus
comportamientos, pues la relación con los demás, se fortalece cuando “las
promesas” se convierten en acción. Es decir, allí, la confianza no surge de las
intenciones, sino de las evidencias, de los hechos, ese Res non verba
que traduce del latín: hechos no palabras. Por eso, cuando las acciones
contradicen de manera repetida el discurso, la confianza comienza a erosionarse
muchas veces con pequeñas incoherencias que se acumulan en forma de murmullos:
como una promesa que nunca se cumple, una disculpa que siempre llega acompañada
de la misma conducta, un compromiso que cambia según la conveniencia del
momento, pequeños gestos que, aislados, podrían parecer insignificantes, pero
que con el tiempo terminan contando una historia. La historia de una persona o una
institución en la que resulta cada vez más difícil creer. Desde esta mirada —más
pragmática, quizás— la confianza es una experiencia de análisis interno: observamos,
comparamos, recordamos y, poco a poco, decidimos si aquello que escuchamos
coincide con aquello que vemos. Por eso la credibilidad se construye y el
puente para llegar allí es la coherencia.
Entonces, ¿es posible ser completamente
coherentes?
Llegados a este punto, creo
que merece la pena hacernos una última pregunta. ¿Es posible vivir de manera
completamente coherente? Yo creo que no, lo cual no me resulta una mirada pesimista, sino al contrario, me resulta liberadora; porque
aceptar que nunca seremos completamente coherentes significa aceptar también
nuestra condición humana. Somos personas en constante transformación: aprendemos,
olvidamos, cambiamos de opinión, nos equivocamos, reaccionamos impulsivamente,
nos dejamos llevar por el miedo, por el cansancio, por el ego, la tristeza, la
prisa.
La incoherencia, en algún
momento, forma parte de la experiencia de todos. Lo verdaderamente importante
no es evitar cualquier contradicción, eso sería imposible. Creo que lo
importante es qué hacemos cuando descubrimos esa contradicción. Podemos optar
por ignorarla, justificarla, podemos incluso responsabilizar a otros, o
simplemente, podemos detenernos y mirarla de frente, reconocerla, aprender de
ella y volver a intentarlo. Tal vez la coherencia consista más con eso; no con un
estado permanente, sino con una meta, un hábito cotidiano, un ejercicio
permanente de atención. Una disposición a reducir, una y otra vez, la distancia
entre aquello que pensamos, aquello que decimos y aquello que hacemos cada día,
en cada decisión, en cada conversación, en cada relación. Por eso es importante
que nos ocupemos de vivir de una manera más consciente, porque no somos
coherentes porque nunca fallemos; somos coherentes cuando reconocemos que hemos
fallado y elegimos actuar de acuerdo con aquello que realmente valoramos y no
se trata de construir una imagen perfecta de nosotros mismos, sino de tener el
coraje suficiente para acercarnos, una y otra vez, a la persona que queremos
ser.
En síntesis, vivimos rodeados
de discursos, de palabras. Hablamos de respeto, de empatía, de justicia,
responsabilidad, bienestar, educación, confianza, etc., y, sin embargo, quizás
el mayor desafío de nuestro tiempo sea vivir de una manera que haga innecesario
repetir constantemente cuáles son nuestros valores. Porque las palabras pueden
inspirar, pueden emocionar, abrir conversaciones, pueden incluso transformar la
manera en que comprendemos el mundo; pero, tarde o temprano, todas ellas se
enfrentan a la misma pregunta: ¿Cómo vivimos aquello que decimos creer? Al
final, las personas olvidarán muchas de nuestras explicaciones, olvidarán algunas
conversaciones y argumentos, pero difícilmente olvidarán la experiencia de
relacionarse con nosotros, porque nuestras acciones hablan incluso cuando
guardamos silencio y, muchas veces, cuentan la historia que nuestras palabras
todavía no se han atrevido a contar.
Al final, después de todo, quizás
la coherencia no sea la ausencia de contradicciones, creo que más bien es una decisión
constante por lograr que aquello que pensamos y decimos, nos lleven a esa
persona que elegimos ser. Porque las palabras pueden expresar nuestras
intenciones, pero definitivamente son nuestras acciones las que terminan
escribiendo la historia y esta —mucho antes que nuestros discursos— es la que
los demás terminan leyendo. Porque Somos Lenguaje y el lenguaje, va más allá
del discurso.
