domingo, 5 de julio de 2026

Más allá del discurso


 Más allá del discurso. Coherencia: el puente entre el lenguaje y la conducta.

Por: Diana Osorio

“La integridad no tiene necesidad de reglas”. Albert Camus.

“Cuando vivimos con coherencia, dejamos una huella que va más allá de las palabras”. Mario A. Puig


Desde hace unos meses, vengo escribiendo sobre algunos temas. Suelo reflexionar diariamente sobre el comportamiento humano, no con el ánimo de juzgar, sino de comprender. Es verdad que solía ser mi propia juez, ser más comprensiva y compasiva con los demás que conmigo misma, pero desde que aprendí a verme con compasión, siento que esas autocríticas me han ayudado a crecer y a ver a los demás también con el mismo amor.

Algunas de las reflexiones que he realizado durante este año principalmente forman parte de una serie que he titulado: Más allá del discurso, un espacio para pensar el lenguaje y comprender cómo construimos nuestras relaciones y nuestra manera de habitar el mundo a través del lenguaje. Si bien el tema sobre el que quiero reflexionar ahora es la coherencia, ya durante el mes de junio estuve publicando en mi perfil de LinkedIn pequeñas reflexiones, pero esta semana venía pensando en cómo iniciar esta reflexión sobre la que quiero profundizar un poco. Generalmente me gusta hacerlo con anécdotas, sueños, historias propias o ajenas, etc. Mientras despertaba una mañana pensando en eso, ese mismo día la vida me dio una oportunidad.

Suelo ir a nadar al gimnasio varias veces a la semana, pero nadar no es algo nuevo para mí. Desde que aprendí a hacerlo, a mis 10 años, al lado de mis dos hermanas mayores, descubrí lo muchísimo que me gusta nadar: en ríos, piscinas, mar… Me gusta sumergirme en el agua, realmente lo disfruto, como un hobby, por lo que no practico la natación como deporte. Lo que quiero decir es que no hay un fin allí, más que el de disfrutar y desconectar un momento el parloteo de mi mente. Por lo tanto, desconozco las reglas de la natación, salvo la básica: usar gorro dentro del agua.

Ese día, mientras estaba nadando (suelo hacerlo por el mismo carril ida y vuelta), una señora se había metido al mismo carril (está permitido) y yo no me había enterado, por lo que chocamos de frente. Yo me asusté y me irrité; cabe aclarar que mi versión actual no se irrita con facilidad. Le dije a la señora que tuviera cuidado y ella me explicó que cuando hay más personas hay que adaptarse a las reglas de la natación: nadar en círculos para evitar justamente esos choques. Yo, sin conocer dichas reglas, le dije desde mi forma de comprender el mundo que ella era quien debía adaptarse, ya que yo ya estaba en el agua nadando o haberme preguntado; en síntesis, le dije que era una irrespetuosa y seguí mi nado, adaptado a esa regla que yo desconocía.

Sin embargo, cuando terminé de nadar, me di cuenta de que no estaba tan bien como cuando termino una sesión de nado y la esperé. Le ofrecí una disculpa, sentí que fui grosera y quería pedirle disculpas. Ella me dijo que no había problema, me volvió a explicar cómo funciona el tema allí y yo le dije que no sabía que era así, le agradecí por aclarármelo, pero que eso para mí no era lo más importante, sino haber reaccionado mal con ella. Ella finalmente me dijo que, al contrario, mi pedida de disculpas me honraba. Le agradecí nuevamente y le dije que no lo hacía por eso, sino porque no me gustaba ser así. Nos despedimos y le desee un lindo día. Eso, sin duda, me hizo sentir muy bien.

Mientras caminaba a casa, me di cuenta de que esa situación justamente tenía que ver con el tema que hoy nos convoca: ser coherente. Porque no se trata de estar siempre vigilando nuestros actos para no cometer errores, sino de estar presentes y comprender que, si yo profeso algo, ya sea un estilo de vida, una forma de ser, etc., en mi día a día debo tratar de ser coherente y la coherencia es un valor que elegí que me acompañe en mi día a día. Quizás por eso me costó durante tanto tiempo usar mis palabras para ayudar o intentar ayudar a otros, porque estaba tan rota que sentía que no era coherente decirle a alguien cosas bonitas: hablar de prosperidad, de amor, de compasión, respeto, resiliencia, etc., cuando mis actos, muchos casos, decían otras cosas.

Vivimos en una época en la que las palabras abundan, nunca antes habíamos tenido tantos espacios para opinar, compartir ideas, expresar emociones o defender causas. Publicamos, comentamos, debatimos y reaccionamos casi de manera permanente. Sin embargo, en medio de esa sobreabundancia de discursos, me surge una pregunta: ¿basta con decir lo “correcto” para ser coherentes?

A menudo asociamos la coherencia con la honestidad o con la fidelidad a unos principios, pero quizás sea mucho más que eso. La coherencia es el punto de encuentro entre aquello que pensamos, aquello que decimos y aquello que finalmente hacemos. Cuando esas tres dimensiones permanecen alineadas, el lenguaje adquiere credibilidad; cuando se separan en cambio, las palabras pierden parte de su fuerza, incluso aunque sean técnicamente impecables.

Por eso, más que un valor aislado, la coherencia puede entenderse como el puente que une el lenguaje con la conducta, y quizá sea precisamente ese puente el que sostiene la confianza en nuestras relaciones: familiares, laborales, de pareja… y en nuestra manera de habitar el mundo. Para entrar en el tema, veamos qué significa esta palabra, cuál es su origen y cuál es la relación que guarda con el significado y el uso que hacemos de ella.

¿Qué entendemos por coherencia?

La palabra coherencia proviene del latín cohaerentia, derivada del verbo cohaerere, que significa "estar unido", "permanecer adherido", "mantenerse conectado". Está formada por el prefijo co- ("junto") y el verbo haerere ("estar adherido", "permanecer unido"). Su origen resulta especialmente revelador. La coherencia no hacía referencia únicamente a la ausencia de contradicciones, aludía, sobre todo, a aquello cuyas partes permanecen unidas formando un todo y quizás esa idea siga siendo válida cuando hablamos de las personas.

Ser coherentes no significa no cambiar de opinión, no equivocarnos o no atravesar conflictos internos. Significa procurar que exista un vínculo reconocible entre nuestras convicciones, nuestras palabras y nuestras acciones. Por lo tanto, no se trata de parecer impecables, se trata más bien de permanecer unidos a aquello que consideramos valioso, que se alinea con nuestro sistema de valores.

El lenguaje construye realidad, pero no la sostiene por sí sólo

Quienes trabajamos con el lenguaje sabemos que las palabras tienen un enorme poder. Con ellas nombramos el mundo, organizamos nuestra experiencia, construimos identidades, transmitimos conocimientos y damos sentido a aquello que vivimos.

El filósofo austríaco LudwigWittgenstein escribió que "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". Más tarde, la lingüística, la psicología y las ciencias cognitivas mostrarían que el lenguaje no sólo describe la realidad; también participa activamente en la manera en que la interpretamos.

Si bien, as palabras crean significado, existe una diferencia importante entre construir significado y construir credibilidad; porque podemos pronunciar discursos profundamente inspiradores, podemos defender causas nobles, hablar de respeto, empatía, justicia o compasión. Sin embargo, tarde o temprano aparece una pregunta imperativa: ¿Qué sucede cuando nuestras acciones cuentan una historia diferente?

Las palabras tienen la capacidad de iniciar un camino, pero son nuestras acciones las que deciden si ese camino permanece abierto o se bloquea. En ese sentido, el lenguaje funciona como una promesa acerca de quiénes somos, de cómo entendemos el mundo y de cuáles son nuestros valores, pero tengamos en cuenta que toda promesa necesita un respaldo y, cuando ese respaldo existe, las palabras adquieren una fuerza extraordinaria; de lo contrario, comienzan a vaciarse lentamente de significado. Quizás por eso confiamos menos en los discursos que en los comportamientos repetidos, no porque las palabras no importen, sino porque necesitamos comprobar que esas palabras sobreviven cuando llega el momento de actuar.

La virtud como hábito

Esta preocupación no es nueva. Hace más de dos mil años, Aristóteles ya se preguntaba qué significaba vivir una buena vida. En la Ética a Nicómaco sostuvo que la virtud no era una cualidad con la que algunas personas nacían, sino un hábito que se construía mediante la repetición de acciones. Esto significa que no nos volvemos justos por hablar de justicia, sino practicándola. No nos volvemos valientes por admirar el valor, sino actuando con valentía cuando las circunstancias lo requieren. Aquello que hacemos repetidamente termina moldeando nuestro carácter.

Esta idea resulta profundamente actual. Vivimos rodeados de declaraciones de principios, códigos éticos y discursos inspiradores; sin embargo, ninguno de ellos tiene demasiada fuerza si no encuentra una traducción concreta en nuestra manera de vivir: no somos aquello que afirmamos, somos, en gran medida, aquello que practicamos.

Aristóteles también hablaba de la phronesis, la prudencia o sabiduría práctica: la capacidad de deliberar sobre cuál es la mejor acción posible en cada situación concreta. La coherencia, desde esta perspectiva, no consiste en aplicar reglas de manera automática, sino en ejercer un juicio ético que permita actuar de acuerdo con nuestros valores incluso cuando la realidad es compleja.

Ahora, volvamos a este aspecto: ser coherente no se trata de ser rígido, al contrario, la rigidez tiene más que ver con la soberbia. Ser coherentes no significa pensar siempre lo mismo e inclusive defender tu postura a como dé lugar. Muchas personas consideran que cambiar de opinión es una señal de inconsistencia, de debilidad. Yo creo que, en muchos casos, ocurre exactamente lo contrario, porque aprender transforma, la experiencia transforma, el conocimiento transforma… y, cuando nosotros cambiamos, algunas de nuestras creencias también deberían hacerlo. Hay una frase célebre —atribuida a Albert Einstein, pero original del poeta y ensayista estadounidense Oliver Wendell Holmes— que se ajusta a estas palabras: "La mente, una vez expandida por una nueva idea, nunca regresa a sus dimensiones originales".

Mantener una idea únicamente para parecer coherentes puede convertirse en una forma de rigidez, porque la verdadera incoherencia consiste precisamente en negarnos a revisar aquello que ya no encaja con la realidad que hemos descubierto.

Podemos seguir defendiendo el respeto mientras aprendemos nuevas maneras de practicarlo, podemos seguir valorando la libertad mientras comprendemos mejor su relación con la responsabilidad, podemos seguir buscando la verdad mientras aceptamos que nunca la conoceremos por completo. La coherencia no exige inmovilidad, es más bien honestidad intelectual y, por qué no, espiritual.

La coherencia desde la comunicación

La comunicación tampoco depende exclusivamente de las palabras. Cada vez que interactuamos con otra persona transmitimos una enorme cantidad de información de manera simultánea. El tono de voz, la expresión facial, la postura corporal, la mirada, el ritmo del habla, los silencios y, por supuesto, nuestros comportamientos forman parte del mensaje. Nuestro cerebro integra todas esas señales casi de manera automática; por eso existen ocasiones en las que sentimos que algo "no termina de encajar", incluso cuando las palabras parecen correctas, y no siempre se trata de una mentira, muchas veces se trata simplemente de una incongruencia. La persona afirma una cosa, pero su conducta comunica otra.

Las investigaciones de PaulEkman sobre expresión emocional y comunicación no verbal mostraron que las personas somos especialmente sensibles a las inconsistencias entre diferentes canales de comunicación. Nuestro cerebro no analiza únicamente el contenido verbal; también compara continuamente si las distintas señales cuentan la misma historia.

Conviene hacer aquí una aclaración importante. Durante décadas se popularizó la conocida regla del 55 %, 38 % y 7 % atribuida a Albert Mehrabian, según la cual sólo un pequeño porcentaje del significado depende de las palabras. Sin embargo, esa interpretación ha sido ampliamente malentendida. Los estudios de Mehrabian se referían a situaciones muy específicas, en las que existía contradicción entre el contenido verbal y la expresión emocional, y no permiten concluir que las palabras apenas importen en toda comunicación. Las palabras importan y mucho, pero importan todavía más cuando están respaldadas por acciones consistentes. Quizás por eso la coherencia continúa siendo una de las formas más poderosas de comunicación; porque el lenguaje persuade, pero la coherencia convence y, cuando ambos caminan juntos, las personas no sólo escuchan lo que decimos; también encuentran razones para creer en ello.

La contradicción que todos habitamos

Hasta aquí podría parecer que la coherencia depende únicamente de la voluntad. Como si bastara con identificar nuestros valores y esforzarnos un poco más para vivir de acuerdo con ellos. Sin embargo, basta observar nuestra propia vida para descubrir que las cosas no funcionan de una manera tan sencilla. Todos hemos defendido ideas que luego no practicamos. Todos hemos prometido comportamientos que más tarde no sostuvimos. Todos hemos exigido a otros aquello que, en alguna ocasión, nosotros mismos incumplimos y eso no nos convierte necesariamente en personas hipócritas, simplemente somos seres humanos.

Quizás uno de los mayores errores que cometemos cuando hablamos de coherencia es imaginarla como un estado permanente, como si existieran personas completamente coherentes y otras completamente incoherentes, pero la es que vivimos atravesados por emociones, miedos, aprendizajes, deseos, presiones sociales, experiencias pasadas y circunstancias cambiantes. Todo ello influye en nuestras decisiones y hace que, muchas veces, exista una distancia entre aquello que creemos y aquello que finalmente hacemos; pero reconocer esa distancia no debería avergonzarnos, veámoslo como una invitación a conocernos mejor.

En este punto, vale detenernos a pensar y es que, mientras escribo estas reflexiones, también soy consciente de que solemos detectar con bastante facilidad la incoherencia de los demás. La vemos en las conversaciones que sostenemos con los demás, en los líderes, en las redes sociales e incluso en las personas que admiramos o en aquellas que dedican su labor profesional en decir algo que luego ellos mismos no sostienen. Vemos con facilidad cuando alguien predica una cosa y hace otra. Sin embargo, existe una contradicción mucho más difícil de descubrir y es la propia. Quizás porque todos construimos una imagen de quiénes creemos ser y necesitamos pensar que somos personas razonables, que nuestras decisiones tienen sentido, que actuamos de acuerdo con nuestros principios.

Esa narrativa personal cumple una función importante: nos permite mantener una identidad relativamente estable, pero también tiene un costo. Cuando alguna de nuestras acciones contradice esa imagen, solemos experimentar una profunda incomodidad, en muchos casos, detectada por otros si no somos lo suficientemente autorreflexivos y autocríticos. Entonces, lo que ocurre, es que, en lugar de revisar inmediatamente nuestro comportamiento, muchas veces comenzamos revisando la historia que nos contamos sobre ese comportamiento (para justificarlo). En este punto, retomamos la teoría de Carl Gustav Jung y el encuentro con la sombra.

Jung dedicó buena parte de su obra a comprender precisamente este fenómeno. Para él, todos desarrollamos una imagen consciente de quiénes somos. Una identidad que organizamos a partir de nuestras experiencias, nuestros valores y la manera en que deseamos ser vistos, pero esa imagen nunca incluye todo lo que somos. Siempre existen aspectos de nuestra personalidad que preferimos no reconocer: impulsos, temores, envidias, orgullo, necesidad de reconocimiento, egoísmo, contradicciones, etc. A ese conjunto de aspectos rechazados Jung lo llamó la sombra.

La sombra no representa únicamente aquello que consideramos negativo, también contiene capacidades, deseos o posibilidades que nunca desarrollamos porque no encajaban con la imagen que construimos de nosotros mismos. Lo importante es comprender que la sombra no desaparece por ignorarla, esta continúa influyendo en nuestras decisiones, aunque no seamos conscientes de ello. Quizás por eso Jung afirmaba que uno de los mayores desafíos del desarrollo psicológico consiste en hacer consciente aquello que normalmente permanece inconsciente, no para eliminarlo, sino para integrarlo.

La coherencia, desde esta perspectiva, no consiste en convertirnos en personas impecables, se trata más bien de dejar de fingir que nuestras contradicciones no existen. Porque sólo aquello que podemos ver, podemos transformarlo y quizás una de las formas más profundas de honestidad sea precisamente reconocer que nuestra conducta, algunas veces, cuenta una historia distinta de la que desearíamos contar.

Entonces, ¿por qué solemos justificar nuestras propias contradicciones?

La psicología social encontró otra explicación complementaria. En 1957, Leon Festinger desarrolló la teoría de la disonancia cognitiva, uno de los conceptos más influyentes para comprender el comportamiento humano. Su propuesta era relativamente sencilla. Las personas necesitamos sentir cierta coherencia interna. Cuando nuestras creencias, nuestros valores y nuestras acciones entran en conflicto, aparece un estado de tensión psicológica que resulta incómodo y como queremos reducir ese malestar, tenemos, en términos generales, dos posibilidades: la primera consiste en cambiar nuestro comportamiento; la segunda consiste en cambiar la explicación que damos sobre ese comportamiento. Con frecuencia elegimos la segunda: justificamos, racionalizamos, buscamos excepciones, reinterpretamos los hechos, encontramos argumentos que nos permitan seguir pensando que actuamos correctamente y esa, es la forma en que nuestra mente intenta proteger la estabilidad de la identidad que hemos construido.

Quizás todos podamos recordar alguna situación en la que dijimos: "Esta vez fue diferente”, "no tuve otra opción”, "en realidad no era tan importante" o "cualquiera habría hecho lo mismo". Muchas veces esas explicaciones contienen parte de verdad, pero otras veces funcionan simplemente como mecanismos para disminuir el malestar que produce reconocer una contradicción. Por eso el autoconocimiento comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente por nuestras acciones y empezamos también a observar nuestras justificaciones, ya que no siempre somos incoherentes por mala voluntad, en muchas ocasiones somos incoherentes porque todavía no estamos preparados para reconocer aquello que nuestra conducta revela sobre nosotros.

Hacer consciente la distancia

Creo que existe una enorme diferencia entre vivir una contradicción y permanecer instalado en ella, porque es un hecho que todos nos equivocamos, todos reaccionamos impulsivamente o tenemos días en los que actuamos peor de lo que hubiéramos deseado. La diferencia aparece cuando somos capaces de detenernos: Observar, reconocer, pedir disculpas si es necesario, reparar, aprender. Eso fue, precisamente, lo que aquella mujer de la piscina me enseñó sin proponérselo, no me hizo sentir culpable, me permitió verme —sin mencionar que me dio una inspiración para iniciar esta reflexión— y esa diferencia es enorme. Porque la culpa suele inmovilizarnos, pero la conciencia, abre la posibilidad del cambio.

La educación de la coherencia

Si la coherencia fuera únicamente un conjunto de ideas, bastaría con enseñar valores para formar personas coherentes; sin embargo, sabemos que no funciona así. Los valores rara vez se aprenden escuchando definiciones, estos se incorporan en nuestra identidad es observando. Por eso escuchamos tanto que la mejor forma de educar es con el ejemplo.

Albert Bandura, uno de los psicólogos más influyentes del siglo XX, demostró que una parte muy importante del aprendizaje humano ocurre mediante la observación de modelos. Aprendemos mirando, imitando, comparando, interpretando las consecuencias que tienen las acciones de otras personas. Antes incluso de comprender racionalmente qué significa el respeto, un niño observa cómo se hablan sus padres. Antes de entender qué es la honestidad, observa qué hacen los adultos cuando nadie los está mirando. Antes de comprender el valor de la responsabilidad, observa si las promesas se cumplen o se olvidan. Porque es verdad que los discursos enseñan, pero los comportamientos educan; es decir, más que el conocimiento, lo que realmente da autoridad, es la consistencia.

Un docente, un padre, una madre, un líder (espiritual o no), un directivo…, todos comunican mucho antes de abrir la boca. De hecho, en el campo laboral lo vemos a diario, se habla de bienestar en muchas empresas, organizaciones y demás, mientras premian el agotamiento. Se puede hablar de innovación mientras castigan el error; o de colaboración mientras recompensan únicamente los logros individuales y cuando eso ocurre, las personas dejan de creer en el discurso, pero no porque el mensaje sea incorrecto, sino porque la experiencia cotidiana cuenta otra historia.

La confianza: la consecuencia natural de la coherencia

A lo largo de estas páginas he hablado del lenguaje, de la filosofía, de la psicología, del aprendizaje y de nuestras contradicciones. Sin embargo, todos esos caminos parecen conducir a un mismo lugar: la confianza. Un tema sobre el que ya hablé en el artículo de anterior, pero desde otra mirada. Algo más íntimo, una forma de ver el mundo, si se quiere. Sin embargo, la confianza es también uno de los bienes más valiosos que podemos construir en cualquier relación y, al mismo tiempo, uno de los más frágiles.

Cuando se trata de las relaciones interpersonales, esa confianza se fortalece cuando percibimos cierta continuidad entre lo que dicen y lo que hacen. No porque esperemos perfección —sería una expectativa imposible— sino porque necesitamos cierta previsibilidad. Necesitamos sentir que sus palabras tienen un respaldo en sus comportamientos, pues la relación con los demás, se fortalece cuando “las promesas” se convierten en acción. Es decir, allí, la confianza no surge de las intenciones, sino de las evidencias, de los hechos, ese Res non verba que traduce del latín: hechos no palabras. Por eso, cuando las acciones contradicen de manera repetida el discurso, la confianza comienza a erosionarse muchas veces con pequeñas incoherencias que se acumulan en forma de murmullos: como una promesa que nunca se cumple, una disculpa que siempre llega acompañada de la misma conducta, un compromiso que cambia según la conveniencia del momento, pequeños gestos que, aislados, podrían parecer insignificantes, pero que con el tiempo terminan contando una historia. La historia de una persona o una institución en la que resulta cada vez más difícil creer. Desde esta mirada —más pragmática, quizás— la confianza es una experiencia de análisis interno: observamos, comparamos, recordamos y, poco a poco, decidimos si aquello que escuchamos coincide con aquello que vemos. Por eso la credibilidad se construye y el puente para llegar allí es la coherencia.

Entonces, ¿es posible ser completamente coherentes?

Llegados a este punto, creo que merece la pena hacernos una última pregunta. ¿Es posible vivir de manera completamente coherente? Yo creo que no, lo cual no me resulta una mirada pesimista, sino al contrario, me resulta liberadora; porque aceptar que nunca seremos completamente coherentes significa aceptar también nuestra condición humana. Somos personas en constante transformación: aprendemos, olvidamos, cambiamos de opinión, nos equivocamos, reaccionamos impulsivamente, nos dejamos llevar por el miedo, por el cansancio, por el ego, la tristeza, la prisa.

La incoherencia, en algún momento, forma parte de la experiencia de todos. Lo verdaderamente importante no es evitar cualquier contradicción, eso sería imposible. Creo que lo importante es qué hacemos cuando descubrimos esa contradicción. Podemos optar por ignorarla, justificarla, podemos incluso responsabilizar a otros, o simplemente, podemos detenernos y mirarla de frente, reconocerla, aprender de ella y volver a intentarlo. Tal vez la coherencia consista más con eso; no con un estado permanente, sino con una meta, un hábito cotidiano, un ejercicio permanente de atención. Una disposición a reducir, una y otra vez, la distancia entre aquello que pensamos, aquello que decimos y aquello que hacemos cada día, en cada decisión, en cada conversación, en cada relación. Por eso es importante que nos ocupemos de vivir de una manera más consciente, porque no somos coherentes porque nunca fallemos; somos coherentes cuando reconocemos que hemos fallado y elegimos actuar de acuerdo con aquello que realmente valoramos y no se trata de construir una imagen perfecta de nosotros mismos, sino de tener el coraje suficiente para acercarnos, una y otra vez, a la persona que queremos ser.

En síntesis, vivimos rodeados de discursos, de palabras. Hablamos de respeto, de empatía, de justicia, responsabilidad, bienestar, educación, confianza, etc., y, sin embargo, quizás el mayor desafío de nuestro tiempo sea vivir de una manera que haga innecesario repetir constantemente cuáles son nuestros valores. Porque las palabras pueden inspirar, pueden emocionar, abrir conversaciones, pueden incluso transformar la manera en que comprendemos el mundo; pero, tarde o temprano, todas ellas se enfrentan a la misma pregunta: ¿Cómo vivimos aquello que decimos creer? Al final, las personas olvidarán muchas de nuestras explicaciones, olvidarán algunas conversaciones y argumentos, pero difícilmente olvidarán la experiencia de relacionarse con nosotros, porque nuestras acciones hablan incluso cuando guardamos silencio y, muchas veces, cuentan la historia que nuestras palabras todavía no se han atrevido a contar.

Al final, después de todo, quizás la coherencia no sea la ausencia de contradicciones, creo que más bien es una decisión constante por lograr que aquello que pensamos y decimos, nos lleven a esa persona que elegimos ser. Porque las palabras pueden expresar nuestras intenciones, pero definitivamente son nuestras acciones las que terminan escribiendo la historia y esta —mucho antes que nuestros discursos— es la que los demás terminan leyendo. Porque Somos Lenguaje y el lenguaje, va más allá del discurso.