domingo, 30 de agosto de 2026

Respeto

 

Más allá del Discurso: el respeto, la partitura oculta de nuestra humanidad.

Por: Diana Osorio

“Observa tus pensamientos, se convertirán en tus palabras.
Observa tus palabras, se convertirán en tus acciones.
Observa tus acciones, se convertirán en tus hábitos.
Observa tus hábitos, se convertirán en tu carácter.
Observa tu carácter, se convertirá en tu destino”.


Existe una frontera invisible donde la mente, la biología y la sociedad se abrazan. Esta máxima oriental atribuida a Gandhi —aunque su autoría exacta ha sido discutida— no es sólo una bella reflexión moral; es un mapa de ruta científico y filosófico. Nos advierte que lo que ocurre en el silencio de nuestro cerebro (los pensamientos) termina por esculpir la realidad que compartimos con los demás (el destino) y en el centro exacto de ese viaje, sirviendo como el puente que une lo que somos por dentro con cómo transformamos el mundo por fuera, se encuentra una palabra tan pronunciada como incomprendida: respeto.

Cuando la serie de reflexiones que hoy nos convoca se titula Más allá del discurso, es precisamente porque el respeto no puede habitar en la comodidad de las buenas intenciones o las frases hechas. El respeto no es un concepto estático que se contempla; es un “músculo neurolingüístico” que se ejercita y una decisión filosófica que se toma cada vez que interactuamos con el entorno. Es el verdadero común denominador de nuestra existencia humana; la regla oculta que determina si nuestras palabras construirán un refugio para la empatía o un campo de batalla para la hostilidad.

Para entender su verdadero poder, hace falta bajarse del pedestal de la teoría abstracta y mirarlo de cerca, allí donde se cruzan los circuitos de nuestras neuronas, las páginas de la gran literatura y la mirada del otro.

Porque como otras palabras, el respeto también es una de aquellas que pronunciamos constantemente: en las aulas, en las familias, en los discursos políticos, en las empresas, en las redes sociales… Pedimos respeto cuando sentimos que alguien ha cruzado un límite, reclamamos respeto cuando una opinión diferente nos incomoda y, con frecuencia, hablamos de él como si fuera una especie de norma básica de convivencia que todos deberíamos conocer, pero ¿qué significa realmente respetar?

Es una pregunta que en principio parece innecesaria, después de todo, ¿quién no sabe qué es el respeto? Sin embargo, basta observar algunas de nuestras conversaciones cotidianas para descubrir una paradoja: podemos exigir respeto mientras descalificamos, podemos hablar de tolerancia mientras intentamos modificar al otro para que se parezca a nosotros y podemos defender la libertad de expresión mientras utilizamos las palabras para reducir, humillar o silenciar.

No sé si el problema sea que hayamos olvidado respetar; a lo mejor nunca nos detenemos lo suficiente para comprender. Por eso, para hacerlo mejor, podemos comenzar por una frase: Volver a mirar. La etimología tiene, a veces, la capacidad de devolvernos a las palabras aquello que el uso cotidiano les ha quitado. Respeto procede del latín respectus, relacionado con respicere: mirar hacia atrás, considerar, prestar atención, volver a mirar.

Esta expresión contiene una imagen hermosa, porque quizá respetar sea precisamente eso: concederle al otro una segunda mirada cuando la primera ya nos había convencido de conocerlo.

La primera mirada suele ser rápida. Clasifica, compara, reconoce semejanzas y diferencias. Necesitamos hacerlo: nuestro cerebro interpreta continuamente la información que recibe y construye hipótesis sobre el mundo para poder orientarse en él. La segunda mirada, en cambio, exige detenerse. Es la mirada que pregunta, la que escucha, la que sospecha de sus propias certezas, la que se permite pensar: a lo mejor no conozco toda la historia. Es justo ahí donde comienza el respeto; no necesariamente en la aceptación ni mucho menos en la obligación de estar de acuerdo, sino reconociendo que el otro existe fuera de nuestra interpretación.

Podemos no compartir una idea, una decisión, una forma de vida o una manera de entender el mundo. El respeto no nos exige convertir nuestras diferencias en coincidencias, sino aprender a reconocer que la dignidad del otro no depende de que piense como nosotros. Esta idea, que puede parecer sencilla, tiene una larga historia filosófica.

Como ocurre con otras de mis reflexiones, esta vez fue una situación cotidiana la que me llevó a pensar en esta idea del respeto. Leía una nota de un diario malagueño en la que se hablaba del temor a las grabaciones no consensuadas, del riesgo de manipulación de imágenes mediante inteligencia artificial y del auge de las modas vinculadas a los estereotipos de belleza, a propósito de la posibilidad de que el topless, una práctica habitual durante décadas en las playas españolas, esté perdiendo presencia. Entré a leer la noticia y, entre los comentarios, encontré opiniones diversas: muchas personas consideraban positiva esta tendencia, mientras otras cuestionaban también el uso de bikinis extremadamente pequeños y calificaban estas prácticas como una falta de respeto.

La situación me hizo detenerme en una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué consideramos respetar? Algunas personas argumentan que determinadas prendas pueden constituir una falta de respeto porque toda sociedad se rige por ciertas normas y códigos de vestimenta. Desde esta perspectiva, respetar implicaría adaptarse a la sensibilidad colectiva del lugar. Otras personas, en cambio, apelan a la libertad individual y al contexto: no es lo mismo entrar en una iglesia o en un templo religioso con un bikini que estar en una playa, un espacio destinado al ocio y al baño. Desde esta segunda mirada, el respeto se vincula con la autonomía personal y con el derecho de cada individuo a decidir sobre su propio cuerpo, siempre que no vulnere los derechos de los demás y aquí es donde vuelvo al significado de la palabra: respetar, volver a mirar, mirar con atención. Considero que el verdadero respeto comienza cuando somos capaces de distinguir entre aquello que realmente agrede la convivencia y aquello que simplemente nos incomoda porque desafía nuestras propias normas, creencias o expectativas. En casos como este, la falta de respeto no estaría necesariamente en el cuerpo ajeno ni en la elección de una determinada prenda, sino en la mirada que juzga, etiqueta o pretende imponer sobre ese cuerpo los propios prejuicios, tabúes o inseguridades.

Al menos en las sociedades occidentales contemporáneas, esta cuestión también puede leerse a la luz de una larga evolución en torno al derecho sobre el propio cuerpo y de la distinción entre la moral privada —aquello que consideramos correcto o incorrecto desde nuestras preferencias personales— y el civismo público —aquello que efectivamente vulnera derechos, daña o agrede la convivencia—. Un bikini, por pequeño que sea, o hacer topless no constituye por sí mismo una agresión física hacia otra persona. Entonces, quizá muchas veces aquello que calificamos como una falta de respeto por parte de un tercero sea, en realidad, nuestra propia incomodidad ante algo que desafía las normas mentales con las que hemos aprendido a mirar.

El otro no es una cosa

Ahora bien, imaginemos por un momento que entramos en una tienda. Observamos un objeto, lo evaluamos, preguntamos cuánto cuesta, para qué sirve, cuánto durará. Si satisface nuestras necesidades, si deja de ser útil, podemos sustituirlo. Nuestra relación con las cosas está atravesada, en buena medida, por la utilidad, pero nadie debería relacionarse con una persona desde esa misma lógica.

Immanuel Kant formuló una de las ideas fundamentales de la ética moderna al distinguir entre aquello que tiene un precio y aquello que posee dignidad. Las cosas pueden tener un valor relativo: pueden ser intercambiadas, sustituidas, utilizadas. Una persona, en cambio, posee un valor que no puede reducirse a su utilidad.

Por eso, en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Kant (1785/1997) sostiene que el ser humano debe ser tratado siempre como un fin en sí mismo y nunca únicamente como un medio.

Llevada a nuestra vida cotidiana, la idea puede resultar mucho más incómoda de lo que parece. ¿Respetamos realmente a las personas cuando sólo las valoramos mientras cumplen nuestras expectativas, o respetamos acaso cuando escuchamos a alguien únicamente para encontrar el momento de responder?, ¿respetamos cuando queremos a una persona, pero condicionamos nuestro afecto a que cambie aquello que nos incomoda o cuando convertimos al otro en un medio para satisfacer nuestras necesidades emocionales, sociales o profesionales?

Convertir a alguien en una función, tiene más esa forma de irrespeto, aunque parezca sutil: El buen empleado, la buena madre, el hijo que debería ser, la pareja que tendría que comportarse de determinada manera, el inmigrante que debería hablar como nosotros, la mujer que debería vestir de cierta forma, el adolescente que debería pensar como un adulto. Cada etiqueta parece describir, pero muchas veces termina encerrando. Cuando una persona deja de ser alguien para convertirse en un debería, hemos comenzado a sustituir su existencia por nuestra expectativa.

La ética nace en el encuentro con el otro, esta es la mirada de Emmanuel Levinas. Su reflexión sobre el rostro no se refiere simplemente a contemplar unas facciones, sino a ese instante en que dejamos de enfrentarnos a una categoría abstracta y nos encontramos con alguien cuya existencia nos interpela (Levinas, 1961/1969).

El otro no es simplemente el otro porque sea diferente; es otro porque nunca podremos reducirlo completamente a nuestras propias categorías y tal vez ahí reside una de las dificultades más profundas del respeto: aceptar que hay una parte del otro que no nos pertenece.

No tenemos que comprenderlo todo para respetarlo, no necesitamos aprobarlo todo, no tenemos ni siquiera que sentir simpatía. Necesitamos reconocer su humanidad y, aunque eso parece poco, en realidad, es enorme. Porque cuando dejamos de exigir que el otro se parezca a nosotros para concederle dignidad, el respeto deja de ser una cortesía y se convierte en una posición ética. Pero este reconocimiento no queda suspendido en el aire de las ideas filosóficas, antes de convertirse en una doctrina, el respeto ocurre en un cuerpo: en el nuestro y en el cuerpo de quien tenemos delante.

Las palabras y su impacto en el cuerpo

Pensemos en una escena cotidiana: alguien nos dice: “No sirves para esto”. Tal vez la frase dure dos segundos, pero sus efectos pueden permanecer durante años.

Ahora imaginemos otra escena: una persona nos escucha y dice: “Entiendo que lo hayas vivido así, aunque yo lo veo de otra manera”. La diferencia no está únicamente en la cortesía, está también en la posibilidad de que la conversación continúe.

Las palabras no son objetos abstractos que flotan en el aire hasta desaparecer. Son estímulos que el cerebro interpreta dentro de un contexto y que pueden influir en nuestras emociones, nuestra atención, nuestra memoria y nuestras respuestas fisiológicas.

La neurociencia contemporánea ha mostrado que el cerebro no funciona como una máquina pasiva que simplemente recibe información. Éste está constantemente interpretando, anticipando y regulando. Cuando percibimos una amenaza —física, social o psicológica— se ponen en marcha sistemas de respuesta que preparan al organismo para actuar. Por eso una humillación pública puede producir rubor, tensión muscular, aceleración cardíaca o una necesidad inmediata de defendernos. No hace falta que exista una herida visible para que el cuerpo registre que algo ha ocurrido. Sin embargo, sería demasiado simplista afirmar que una palabra concreta enciende automáticamente la amígdala o que una expresión amable libera oxitocina de manera directa y predecible; el cerebro humano es mucho más complejo.

Lo que sí sabemos es que el lenguaje participa en la construcción de significado y que ese significado, dependiendo del contexto, de la historia personal y de la situación social, puede influir en la manera en que nuestro organismo responde.

Por eso importa tanto cómo hablamos; no porque cada palabra sea una fórmula química, sino porque cada palabra entra en una relación humana que ya tiene historia, memoria, expectativas y emociones, y aquí aparece una capacidad extraordinaria de nuestra especie: la posibilidad de intentar comprender lo que ocurre dentro de otra mente.

La difícil tarea de imaginar al otro

Cuando escuchamos a alguien contar que está triste, no podemos entrar literalmente en su cerebro y experimentar su tristeza, pero podemos intentar comprenderla. Podemos preguntarnos qué piensa, qué siente, qué desea, qué teme.

Esta capacidad está relacionada con lo que la psicología cognitiva denomina Teoría de la Mente: nuestra facultad para atribuir estados mentales a otras personas y comprender que sus pensamientos, deseos, creencias e intenciones pueden ser diferentes de los nuestros.

No significa leer literalmente la mente de nadie, se trata más bien de reconocer que el otro tiene una mente propia que, aunque parece obvio, gran parte de nuestros conflictos comienzan precisamente cuando olvidamos esa obviedad. Suponemos que sabemos por qué alguien actuó. Interpretamos una mirada, juzgamos un silencio, convertimos una frase aislada en una intención completa. Construimos una historia y después reaccionamos frente a ella como si fuera un hecho.

Aquí el lenguaje vuelve a ocupar un lugar central, porque no sólo hablamos con los demás, también narramos mentalmente a los demás con etiquetas como: es egoísta, es una persona difícil, siempre hace lo mismo, no le importa nadie, es así…

Cinco frases, cinco palabras e incluso una, pueden sustituir años de historia y cuando una etiqueta consigue ocupar el lugar de una persona, dejamos de mirar. Por eso el respeto requiere pensamiento, detener la interpretación automática y preguntarnos qué parte de aquello que estamos afirmando pertenece realmente a los hechos y qué parte pertenece a nuestra propia historia.

En este sentido, respetar también es ejercer una forma de humildad cognitiva. Aceptar que podemos equivocarnos acerca del otro y quizá esa sea una de las formas más difíciles de inteligencia.

Escuchar es comprender

Hay una escena que se repite en casi todas las relaciones humanas: dos personas hablan y ninguna escucha realmente. Una está preparando su respuesta mientras la otra todavía habla. No escuchamos para comprender, escuchamos para defendernos, para corregir, para demostrar, para tener la razón, para ganar. Sin embargo, escuchar supone algo profundamente radical: hacerle espacio a una experiencia que no es la nuestra: abrir el corazón.

Carl Rogers (1961), desde la psicología humanista, concedió a la escucha empática un lugar central en la relación de ayuda. Comprender al otro no significa apropiarse de su experiencia ni afirmar que sentimos exactamente lo mismo, significa intentar acercarnos a su marco de referencia sin perder el nuestro.

Esto es importante, la empatía (tema que exploraremos más adelante) no exige identificación, el respeto tampoco. Podemos decir: “No habría tomado la misma decisión que tú, pero quiero entender qué te llevó hasta allí”. En una sola frase hemos abierto una puerta, no hemos renunciado a pensar, no hemos abandonado nuestros valores; simplemente hemos dejado de convertir nuestra perspectiva en la única perspectiva posible y quizá eso sea una de las formas más concretas de libertad.

La literatura: aprender a vivir dentro de otra historia

Desde la literatura los seres humanos, sin ser conscientes de ello, llevamos siglos practicando este desplazamiento de perspectiva. Abrir un libro es, en cierto sentido, un acto de hospitalidad. Dejamos entrar en nuestra mente la voz de alguien que no conocemos. Durante unas horas podemos pensar con palabras que no son nuestras, recorrer una época que no vivimos, amar a alguien que nunca existió o sufrir por una pérdida que jamás experimentamos. La literatura nos presta otras vidas y al hacerlo, ensancha la nuestra.

George Steiner (1989) llevó esta idea al territorio de la lectura. En Presencias reales, reflexiona sobre la necesidad de una “cortesía del corazón” ante aquello que leemos: una disposición interior que nos permita acercarnos al texto con la apertura suficiente para reconocer que allí puede existir un significado que todavía no comprendemos.

Esta idea me interesa especialmente porque puede extenderse mucho más allá de los libros. Leer, desde esta perspectiva, no consiste únicamente en interpretar; exige también escuchar, conceder al otro —en este caso, al autor y a su obra— el espacio necesario para expresarse en sus propios términos. Quizá esa cortesía literaria pueda extenderse también a nuestras relaciones: escuchar a una persona supone, en cierta medida, concederle la posibilidad de que sus palabras contengan un significado que todavía no hemos alcanzado a comprender.

Por eso la literatura puede convertirse en una escuela del respeto, no porque todas las historias literarias sean moralmente ejemplares, sino porque las grandes obras nos obligan a abandonar, durante un tiempo, la comodidad de nuestra propia perspectiva. Nos hacen entrar en mundos que no son los nuestros y allí ocurre algo extraordinario; descubrimos que la humanidad puede tener cientos de rostros, que el miedo puede hablar muchos idiomas, que la soledad puede vivir tanto en una ciudad desconocida como en una casa llena de personas, que el amor puede adoptar formas que nunca habíamos imaginado, que incluso aquello que rechazamos puede tener una historia detrás. La literatura pues, no elimina nuestras diferencias, sino que nos enseña a habitarlas

Una partitura que nadie escucha por separado

Pensemos el respeto como una partitura. Estas necesitan silencios, pausas, diferentes voces. Si todos los instrumentos tocaran exactamente la misma nota, no habría música.

Nuestra convivencia se parece bastante a eso: confundimos con frecuencia la armonía con la uniformidad. Queremos que los demás hablen como nosotros, piensen como nosotros, amen como nosotros, eduquen como nosotros, vivan como nosotros; pero la armonía no consiste en que todas las voces sean iguales, sino en que estas puedan coexistir sin destruirse.

Por lo tanto, el respeto no nos pide renunciar a nuestra voz, sino más bien aprender a escuchar otras y, por eso, su etimología resulta tan reveladora: respectus, volver a mirar. Volver a mirar antes de juzgar, volver a escuchar antes de responder, volver a preguntar antes de afirmar, volver a considerar que aquello que creemos saber puede ser apenas una pequeña parte de una historia mucho más grande. Esa segunda mirada puede cambiarlo todo, porque cuando miramos nuevamente, el desconocido puede convertirse en persona, el adversario en interlocutor, el error en aprendizaje, la diferencia puede dejar de parecernos una amenaza y el lenguaje, que tantas veces utilizamos para clasificar el mundo, puede convertirse en aquello que siempre pudo ser: un puente hacia él.

Creo que respetar no tiene que ver solamente con un tema de educación. El respeto es también una forma de inteligencia que comienza cuando comprendemos que nadie cabe por completo en una palabra, en una etiqueta, en un error, en una opinión, ni siquiera en la historia que nosotros hemos construido sobre esa persona. Porque ninguna biografía cabe en un prejuicio y ninguna persona debería ser obligada a vivir dentro de la palabra que otro eligió para nombrarla.

Por eso, antes de hablar del otro, quizá convenga detenernos, mirar nuevamente, escuchar, preguntar y recordar que detrás de cada voz que encontramos hay una historia que todavía no conocemos. Porque quizás y sólo quizás, el respeto consista en tener la humildad de aceptar que el otro siempre será más grande que nuestra primera mirada y entonces allí, en esa segunda mirada, comience una forma distinta de humanidad, pues al final también somos las palabras con las que nos contamos. Porque Somos Lenguaje.

Referencias

Kant, I. (1997). Groundwork of the metaphysics of morals (M. Gregor, Trans.). Cambridge University Press. (Trabajo original publicado en 1785).

Levinas, E. (1969). Totality and infinity: An essay on exteriority (A. Lingis, Trans.). Duquesne University Press. (Trabajo original publicado en 1961).

Rogers, C. R. (1961). On becoming a person: A therapist's view of psychotherapy. Houghton Mifflin.

Steiner, G. (1989). Real presences: Is there anything in what we say? University of Chicago Press.

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domingo, 5 de julio de 2026

Coherencia


Más allá del Discurso. Coherencia: el puente entre el lenguaje y la conducta.

Por: Diana Osorio

“La integridad no tiene necesidad de reglas”. Albert Camus.

“Cuando vivimos con coherencia, dejamos una huella que va más allá de las palabras”. Mario A. Puig


Desde hace unos meses, vengo escribiendo sobre algunos temas. Suelo reflexionar diariamente sobre el comportamiento humano, no con el ánimo de juzgar, sino de comprender. Es verdad que solía ser mi propia juez, ser más comprensiva y compasiva con los demás que conmigo misma, pero desde que aprendí a verme con compasión, siento que esas autocríticas me han ayudado a crecer y a ver a los demás también con el mismo amor.

Algunas de las reflexiones que he realizado durante este año principalmente forman parte de una serie que he titulado: Más allá del discurso, un espacio para pensar el lenguaje y comprender cómo construimos nuestras relaciones y nuestra manera de habitar el mundo a través del lenguaje. Si bien el tema sobre el que quiero reflexionar ahora es la coherencia, ya durante el mes de junio estuve publicando en mi perfil de LinkedIn pequeñas reflexiones, pero esta semana venía pensando en cómo iniciar esta reflexión sobre la que quiero profundizar un poco. Generalmente me gusta hacerlo con anécdotas, sueños, historias propias o ajenas, etc. Mientras despertaba una mañana pensando en eso, ese mismo día la vida me dio una oportunidad.

Suelo ir a nadar al gimnasio varias veces a la semana, pero nadar no es algo nuevo para mí. Desde que aprendí a hacerlo, a mis 10 años, al lado de mis dos hermanas mayores, descubrí lo muchísimo que me gusta nadar: en ríos, piscinas, mar… Me gusta sumergirme en el agua, realmente lo disfruto, como un hobby, por lo que no practico la natación como deporte. Lo que quiero decir es que no hay un fin allí, más que el de disfrutar y desconectar un momento el parloteo de mi mente. Por lo tanto, desconozco las reglas de la natación, salvo la básica: usar gorro dentro del agua.

Ese día, mientras estaba nadando (suelo hacerlo por el mismo carril ida y vuelta), una señora se había metido al mismo carril (está permitido) y yo no me había enterado, por lo que chocamos de frente. Yo me asusté y me irrité; cabe aclarar que mi versión actual no se irrita con facilidad. Le dije a la señora que tuviera cuidado y ella me explicó que cuando hay más personas hay que adaptarse a las reglas de la natación: nadar en círculos para evitar justamente esos choques. Yo, sin conocer dichas reglas, le dije desde mi forma de comprender el mundo que ella era quien debía adaptarse, ya que yo ya estaba en el agua nadando o haberme preguntado; en síntesis, le dije que era una irrespetuosa y seguí mi nado, adaptado a esa regla que yo desconocía.

Sin embargo, cuando terminé de nadar, me di cuenta de que no estaba tan bien como cuando termino una sesión de nado y la esperé. Le ofrecí una disculpa, sentí que fui grosera y quería pedirle disculpas. Ella me dijo que no había problema, me volvió a explicar cómo funciona el tema allí y yo le dije que no sabía que era así, le agradecí por aclarármelo, pero que eso para mí no era lo más importante, sino haber reaccionado mal con ella. Ella finalmente me dijo que, al contrario, mi pedida de disculpas me honraba. Le agradecí nuevamente y le dije que no lo hacía por eso, sino porque no me gustaba ser así. Nos despedimos y le desee un lindo día. Eso, sin duda, me hizo sentir muy bien.

Mientras caminaba a casa, me di cuenta de que esa situación justamente tenía que ver con el tema que hoy nos convoca: ser coherente. Porque no se trata de estar siempre vigilando nuestros actos para no cometer errores, sino de estar presentes y comprender que, si yo profeso algo, ya sea un estilo de vida, una forma de ser, etc., en mi día a día debo tratar de ser coherente y la coherencia es un valor que elegí que me acompañe en mi día a día. Quizás por eso me costó durante tanto tiempo usar mis palabras para ayudar o intentar ayudar a otros, porque estaba tan rota que sentía que no era coherente decirle a alguien cosas bonitas: hablar de prosperidad, de amor, de compasión, respeto, resiliencia, etc., cuando mis actos, muchos casos, decían otras cosas.

Vivimos en una época en la que las palabras abundan, nunca antes habíamos tenido tantos espacios para opinar, compartir ideas, expresar emociones o defender causas. Publicamos, comentamos, debatimos y reaccionamos casi de manera permanente. Sin embargo, en medio de esa sobreabundancia de discursos, me surge una pregunta: ¿basta con decir lo “correcto” para ser coherentes?

A menudo asociamos la coherencia con la honestidad o con la fidelidad a unos principios, pero quizás sea mucho más que eso. La coherencia es el punto de encuentro entre aquello que pensamos, aquello que decimos y aquello que finalmente hacemos. Cuando esas tres dimensiones permanecen alineadas, el lenguaje adquiere credibilidad; cuando se separan en cambio, las palabras pierden parte de su fuerza, incluso aunque sean técnicamente impecables.

Por eso, más que un valor aislado, la coherencia puede entenderse como el puente que une el lenguaje con la conducta, y quizá sea precisamente ese puente el que sostiene la confianza en nuestras relaciones: familiares, laborales, de pareja… y en nuestra manera de habitar el mundo. Para entrar en el tema, veamos qué significa esta palabra, cuál es su origen y cuál es la relación que guarda con el significado y el uso que hacemos de ella.

¿Qué entendemos por coherencia?

La palabra coherencia proviene del latín cohaerentia, derivada del verbo cohaerere, que significa "estar unido", "permanecer adherido", "mantenerse conectado". Está formada por el prefijo co- ("junto") y el verbo haerere ("estar adherido", "permanecer unido"). Su origen resulta especialmente revelador. La coherencia no hacía referencia únicamente a la ausencia de contradicciones, aludía, sobre todo, a aquello cuyas partes permanecen unidas formando un todo y quizás esa idea siga siendo válida cuando hablamos de las personas.

Ser coherentes no significa no cambiar de opinión, no equivocarnos o no atravesar conflictos internos. Significa procurar que exista un vínculo reconocible entre nuestras convicciones, nuestras palabras y nuestras acciones. Por lo tanto, no se trata de parecer impecables, se trata más bien de permanecer unidos a aquello que consideramos valioso, que se alinea con nuestro sistema de valores.

El lenguaje construye realidad, pero no la sostiene por sí sólo

Quienes trabajamos con el lenguaje sabemos que las palabras tienen un enorme poder. Con ellas nombramos el mundo, organizamos nuestra experiencia, construimos identidades, transmitimos conocimientos y damos sentido a aquello que vivimos.

El filósofo austríaco LudwigWittgenstein escribió que "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". Más tarde, la lingüística, la psicología y las ciencias cognitivas mostrarían que el lenguaje no sólo describe la realidad; también participa activamente en la manera en que la interpretamos.

Si bien, as palabras crean significado, existe una diferencia importante entre construir significado y construir credibilidad; porque podemos pronunciar discursos profundamente inspiradores, podemos defender causas nobles, hablar de respeto, empatía, justicia o compasión. Sin embargo, tarde o temprano aparece una pregunta imperativa: ¿Qué sucede cuando nuestras acciones cuentan una historia diferente?

Las palabras tienen la capacidad de iniciar un camino, pero son nuestras acciones las que deciden si ese camino permanece abierto o se bloquea. En ese sentido, el lenguaje funciona como una promesa acerca de quiénes somos, de cómo entendemos el mundo y de cuáles son nuestros valores, pero tengamos en cuenta que toda promesa necesita un respaldo y, cuando ese respaldo existe, las palabras adquieren una fuerza extraordinaria; de lo contrario, comienzan a vaciarse lentamente de significado. Quizás por eso confiamos menos en los discursos que en los comportamientos repetidos, no porque las palabras no importen, sino porque necesitamos comprobar que esas palabras sobreviven cuando llega el momento de actuar.

La virtud como hábito

Esta preocupación no es nueva. Hace más de dos mil años, Aristóteles ya se preguntaba qué significaba vivir una buena vida. En la Ética a Nicómaco sostuvo que la virtud no era una cualidad con la que algunas personas nacían, sino un hábito que se construía mediante la repetición de acciones. Esto significa que no nos volvemos justos por hablar de justicia, sino practicándola. No nos volvemos valientes por admirar el valor, sino actuando con valentía cuando las circunstancias lo requieren. Aquello que hacemos repetidamente termina moldeando nuestro carácter.

Esta idea resulta profundamente actual. Vivimos rodeados de declaraciones de principios, códigos éticos y discursos inspiradores; sin embargo, ninguno de ellos tiene demasiada fuerza si no encuentra una traducción concreta en nuestra manera de vivir: no somos aquello que afirmamos, somos, en gran medida, aquello que practicamos.

Aristóteles también hablaba de la phronesis, la prudencia o sabiduría práctica: la capacidad de deliberar sobre cuál es la mejor acción posible en cada situación concreta. La coherencia, desde esta perspectiva, no consiste en aplicar reglas de manera automática, sino en ejercer un juicio ético que permita actuar de acuerdo con nuestros valores incluso cuando la realidad es compleja.

Ahora, volvamos a este aspecto: ser coherente no se trata de ser rígido, al contrario, la rigidez tiene más que ver con la soberbia. Ser coherentes no significa pensar siempre lo mismo e inclusive defender tu postura a como dé lugar. Muchas personas consideran que cambiar de opinión es una señal de inconsistencia, de debilidad. Yo creo que, en muchos casos, ocurre exactamente lo contrario, porque aprender transforma, la experiencia transforma, el conocimiento transforma… y, cuando nosotros cambiamos, algunas de nuestras creencias también deberían hacerlo. Hay una frase célebre —atribuida a Albert Einstein, pero original del poeta y ensayista estadounidense Oliver Wendell Holmes— que se ajusta a estas palabras: "La mente, una vez expandida por una nueva idea, nunca regresa a sus dimensiones originales".

Mantener una idea únicamente para parecer coherentes puede convertirse en una forma de rigidez, porque la verdadera incoherencia consiste precisamente en negarnos a revisar aquello que ya no encaja con la realidad que hemos descubierto.

Podemos seguir defendiendo el respeto mientras aprendemos nuevas maneras de practicarlo, podemos seguir valorando la libertad mientras comprendemos mejor su relación con la responsabilidad, podemos seguir buscando la verdad mientras aceptamos que nunca la conoceremos por completo. La coherencia no exige inmovilidad, es más bien honestidad intelectual y, por qué no, espiritual.

La coherencia desde la comunicación

La comunicación tampoco depende exclusivamente de las palabras. Cada vez que interactuamos con otra persona transmitimos una enorme cantidad de información de manera simultánea. El tono de voz, la expresión facial, la postura corporal, la mirada, el ritmo del habla, los silencios y, por supuesto, nuestros comportamientos forman parte del mensaje. Nuestro cerebro integra todas esas señales casi de manera automática; por eso existen ocasiones en las que sentimos que algo "no termina de encajar", incluso cuando las palabras parecen correctas, y no siempre se trata de una mentira, muchas veces se trata simplemente de una incongruencia. La persona afirma una cosa, pero su conducta comunica otra.

Las investigaciones de PaulEkman sobre expresión emocional y comunicación no verbal mostraron que las personas somos especialmente sensibles a las inconsistencias entre diferentes canales de comunicación. Nuestro cerebro no analiza únicamente el contenido verbal; también compara continuamente si las distintas señales cuentan la misma historia.

Conviene hacer aquí una aclaración importante. Durante décadas se popularizó la conocida regla del 55 %, 38 % y 7 % atribuida a Albert Mehrabian, según la cual sólo un pequeño porcentaje del significado depende de las palabras. Sin embargo, esa interpretación ha sido ampliamente malentendida. Los estudios de Mehrabian se referían a situaciones muy específicas, en las que existía contradicción entre el contenido verbal y la expresión emocional, y no permiten concluir que las palabras apenas importen en toda comunicación. Las palabras importan y mucho, pero importan todavía más cuando están respaldadas por acciones consistentes. Quizás por eso la coherencia continúa siendo una de las formas más poderosas de comunicación; porque el lenguaje persuade, pero la coherencia convence y, cuando ambos caminan juntos, las personas no sólo escuchan lo que decimos; también encuentran razones para creer en ello.

La contradicción que todos habitamos

Hasta aquí podría parecer que la coherencia depende únicamente de la voluntad. Como si bastara con identificar nuestros valores y esforzarnos un poco más para vivir de acuerdo con ellos. Sin embargo, basta observar nuestra propia vida para descubrir que las cosas no funcionan de una manera tan sencilla. Todos hemos defendido ideas que luego no practicamos. Todos hemos prometido comportamientos que más tarde no sostuvimos. Todos hemos exigido a otros aquello que, en alguna ocasión, nosotros mismos incumplimos y eso no nos convierte necesariamente en personas hipócritas, simplemente somos seres humanos.

Quizás uno de los mayores errores que cometemos cuando hablamos de coherencia es imaginarla como un estado permanente, como si existieran personas completamente coherentes y otras completamente incoherentes, pero la es que vivimos atravesados por emociones, miedos, aprendizajes, deseos, presiones sociales, experiencias pasadas y circunstancias cambiantes. Todo ello influye en nuestras decisiones y hace que, muchas veces, exista una distancia entre aquello que creemos y aquello que finalmente hacemos; pero reconocer esa distancia no debería avergonzarnos, veámoslo como una invitación a conocernos mejor.

En este punto, vale detenernos a pensar y es que, mientras escribo estas reflexiones, también soy consciente de que solemos detectar con bastante facilidad la incoherencia de los demás. La vemos en las conversaciones que sostenemos con los demás, en los líderes, en las redes sociales e incluso en las personas que admiramos o en aquellas que dedican su labor profesional en decir algo que luego ellos mismos no sostienen. Vemos con facilidad cuando alguien predica una cosa y hace otra. Sin embargo, existe una contradicción mucho más difícil de descubrir y es la propia. Quizás porque todos construimos una imagen de quiénes creemos ser y necesitamos pensar que somos personas razonables, que nuestras decisiones tienen sentido, que actuamos de acuerdo con nuestros principios.

Esa narrativa personal cumple una función importante: nos permite mantener una identidad relativamente estable, pero también tiene un costo. Cuando alguna de nuestras acciones contradice esa imagen, solemos experimentar una profunda incomodidad, en muchos casos, detectada por otros si no somos lo suficientemente autorreflexivos y autocríticos. Entonces, lo que ocurre, es que, en lugar de revisar inmediatamente nuestro comportamiento, muchas veces comenzamos revisando la historia que nos contamos sobre ese comportamiento (para justificarlo). En este punto, retomamos la teoría de Carl Gustav Jung y el encuentro con la sombra.

Jung dedicó buena parte de su obra a comprender precisamente este fenómeno. Para él, todos desarrollamos una imagen consciente de quiénes somos. Una identidad que organizamos a partir de nuestras experiencias, nuestros valores y la manera en que deseamos ser vistos, pero esa imagen nunca incluye todo lo que somos. Siempre existen aspectos de nuestra personalidad que preferimos no reconocer: impulsos, temores, envidias, orgullo, necesidad de reconocimiento, egoísmo, contradicciones, etc. A ese conjunto de aspectos rechazados Jung lo llamó la sombra.

La sombra no representa únicamente aquello que consideramos negativo, también contiene capacidades, deseos o posibilidades que nunca desarrollamos porque no encajaban con la imagen que construimos de nosotros mismos. Lo importante es comprender que la sombra no desaparece por ignorarla, esta continúa influyendo en nuestras decisiones, aunque no seamos conscientes de ello. Quizás por eso Jung afirmaba que uno de los mayores desafíos del desarrollo psicológico consiste en hacer consciente aquello que normalmente permanece inconsciente, no para eliminarlo, sino para integrarlo.

La coherencia, desde esta perspectiva, no consiste en convertirnos en personas impecables, se trata más bien de dejar de fingir que nuestras contradicciones no existen. Porque sólo aquello que podemos ver, podemos transformarlo y quizás una de las formas más profundas de honestidad sea precisamente reconocer que nuestra conducta, algunas veces, cuenta una historia distinta de la que desearíamos contar.

Entonces, ¿por qué solemos justificar nuestras propias contradicciones?

La psicología social encontró otra explicación complementaria. En 1957, Leon Festinger desarrolló la teoría de la disonancia cognitiva, uno de los conceptos más influyentes para comprender el comportamiento humano. Su propuesta era relativamente sencilla. Las personas necesitamos sentir cierta coherencia interna. Cuando nuestras creencias, nuestros valores y nuestras acciones entran en conflicto, aparece un estado de tensión psicológica que resulta incómodo y como queremos reducir ese malestar, tenemos, en términos generales, dos posibilidades: la primera consiste en cambiar nuestro comportamiento; la segunda consiste en cambiar la explicación que damos sobre ese comportamiento. Con frecuencia elegimos la segunda: justificamos, racionalizamos, buscamos excepciones, reinterpretamos los hechos, encontramos argumentos que nos permitan seguir pensando que actuamos correctamente y esa, es la forma en que nuestra mente intenta proteger la estabilidad de la identidad que hemos construido.

Quizás todos podamos recordar alguna situación en la que dijimos: "Esta vez fue diferente”, "no tuve otra opción”, "en realidad no era tan importante" o "cualquiera habría hecho lo mismo". Muchas veces esas explicaciones contienen parte de verdad, pero otras veces funcionan simplemente como mecanismos para disminuir el malestar que produce reconocer una contradicción. Por eso el autoconocimiento comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente por nuestras acciones y empezamos también a observar nuestras justificaciones, ya que no siempre somos incoherentes por mala voluntad, en muchas ocasiones somos incoherentes porque todavía no estamos preparados para reconocer aquello que nuestra conducta revela sobre nosotros.

Hacer consciente la distancia

Creo que existe una enorme diferencia entre vivir una contradicción y permanecer instalado en ella, porque es un hecho que todos nos equivocamos, todos reaccionamos impulsivamente o tenemos días en los que actuamos peor de lo que hubiéramos deseado. La diferencia aparece cuando somos capaces de detenernos: Observar, reconocer, pedir disculpas si es necesario, reparar, aprender. Eso fue, precisamente, lo que aquella mujer de la piscina me enseñó sin proponérselo, no me hizo sentir culpable, me permitió verme —sin mencionar que me dio una inspiración para iniciar esta reflexión— y esa diferencia es enorme. Porque la culpa suele inmovilizarnos, pero la conciencia, abre la posibilidad del cambio.

La educación de la coherencia

Si la coherencia fuera únicamente un conjunto de ideas, bastaría con enseñar valores para formar personas coherentes; sin embargo, sabemos que no funciona así. Los valores rara vez se aprenden escuchando definiciones, estos se incorporan en nuestra identidad es observando. Por eso escuchamos tanto que la mejor forma de educar es con el ejemplo.

Albert Bandura, uno de los psicólogos más influyentes del siglo XX, demostró que una parte muy importante del aprendizaje humano ocurre mediante la observación de modelos. Aprendemos mirando, imitando, comparando, interpretando las consecuencias que tienen las acciones de otras personas. Antes incluso de comprender racionalmente qué significa el respeto, un niño observa cómo se hablan sus padres. Antes de entender qué es la honestidad, observa qué hacen los adultos cuando nadie los está mirando. Antes de comprender el valor de la responsabilidad, observa si las promesas se cumplen o se olvidan. Porque es verdad que los discursos enseñan, pero los comportamientos educan; es decir, más que el conocimiento, lo que realmente da autoridad, es la consistencia.

Un docente, un padre, una madre, un líder (espiritual o no), un directivo…, todos comunican mucho antes de abrir la boca. De hecho, en el campo laboral lo vemos a diario, se habla de bienestar en muchas empresas, organizaciones y demás, mientras premian el agotamiento. Se puede hablar de innovación mientras castigan el error; o de colaboración mientras recompensan únicamente los logros individuales y cuando eso ocurre, las personas dejan de creer en el discurso, pero no porque el mensaje sea incorrecto, sino porque la experiencia cotidiana cuenta otra historia.

La confianza: la consecuencia natural de la coherencia

A lo largo de estas páginas he hablado del lenguaje, de la filosofía, de la psicología, del aprendizaje y de nuestras contradicciones. Sin embargo, todos esos caminos parecen conducir a un mismo lugar: la confianza. Un tema sobre el que ya hablé en el artículo de anterior, pero desde otra mirada. Algo más íntimo, una forma de ver el mundo, si se quiere. Sin embargo, la confianza es también uno de los bienes más valiosos que podemos construir en cualquier relación y, al mismo tiempo, uno de los más frágiles.

Cuando se trata de las relaciones interpersonales, esa confianza se fortalece cuando percibimos cierta continuidad entre lo que dicen y lo que hacen. No porque esperemos perfección —sería una expectativa imposible— sino porque necesitamos cierta previsibilidad. Necesitamos sentir que sus palabras tienen un respaldo en sus comportamientos, pues la relación con los demás, se fortalece cuando “las promesas” se convierten en acción. Es decir, allí, la confianza no surge de las intenciones, sino de las evidencias, de los hechos, ese Res non verba que traduce del latín: hechos no palabras. Por eso, cuando las acciones contradicen de manera repetida el discurso, la confianza comienza a erosionarse muchas veces con pequeñas incoherencias que se acumulan en forma de murmullos: como una promesa que nunca se cumple, una disculpa que siempre llega acompañada de la misma conducta, un compromiso que cambia según la conveniencia del momento, pequeños gestos que, aislados, podrían parecer insignificantes, pero que con el tiempo terminan contando una historia. La historia de una persona o una institución en la que resulta cada vez más difícil creer. Desde esta mirada —más pragmática, quizás— la confianza es una experiencia de análisis interno: observamos, comparamos, recordamos y, poco a poco, decidimos si aquello que escuchamos coincide con aquello que vemos. Por eso la credibilidad se construye y el puente para llegar allí es la coherencia.

Entonces, ¿es posible ser completamente coherentes?

Llegados a este punto, creo que merece la pena hacernos una última pregunta. ¿Es posible vivir de manera completamente coherente? Yo creo que no, lo cual no me resulta una mirada pesimista, sino al contrario, me resulta liberadora; porque aceptar que nunca seremos completamente coherentes significa aceptar también nuestra condición humana. Somos personas en constante transformación: aprendemos, olvidamos, cambiamos de opinión, nos equivocamos, reaccionamos impulsivamente, nos dejamos llevar por el miedo, por el cansancio, por el ego, la tristeza, la prisa.

La incoherencia, en algún momento, forma parte de la experiencia de todos. Lo verdaderamente importante no es evitar cualquier contradicción, eso sería imposible. Creo que lo importante es qué hacemos cuando descubrimos esa contradicción. Podemos optar por ignorarla, justificarla, podemos incluso responsabilizar a otros, o simplemente, podemos detenernos y mirarla de frente, reconocerla, aprender de ella y volver a intentarlo. Tal vez la coherencia consista más con eso; no con un estado permanente, sino con una meta, un hábito cotidiano, un ejercicio permanente de atención. Una disposición a reducir, una y otra vez, la distancia entre aquello que pensamos, aquello que decimos y aquello que hacemos cada día, en cada decisión, en cada conversación, en cada relación. Por eso es importante que nos ocupemos de vivir de una manera más consciente, porque no somos coherentes porque nunca fallemos; somos coherentes cuando reconocemos que hemos fallado y elegimos actuar de acuerdo con aquello que realmente valoramos y no se trata de construir una imagen perfecta de nosotros mismos, sino de tener el coraje suficiente para acercarnos, una y otra vez, a la persona que queremos ser.

En síntesis, vivimos rodeados de discursos, de palabras. Hablamos de respeto, de empatía, de justicia, responsabilidad, bienestar, educación, confianza, etc., y, sin embargo, quizás el mayor desafío de nuestro tiempo sea vivir de una manera que haga innecesario repetir constantemente cuáles son nuestros valores. Porque las palabras pueden inspirar, pueden emocionar, abrir conversaciones, pueden incluso transformar la manera en que comprendemos el mundo; pero, tarde o temprano, todas ellas se enfrentan a la misma pregunta: ¿Cómo vivimos aquello que decimos creer? Al final, las personas olvidarán muchas de nuestras explicaciones, olvidarán algunas conversaciones y argumentos, pero difícilmente olvidarán la experiencia de relacionarse con nosotros, porque nuestras acciones hablan incluso cuando guardamos silencio y, muchas veces, cuentan la historia que nuestras palabras todavía no se han atrevido a contar.

Al final, después de todo, quizás la coherencia no sea la ausencia de contradicciones, creo que más bien es una decisión constante por lograr que aquello que pensamos y decimos, nos lleven a esa persona que elegimos ser. Porque las palabras pueden expresar nuestras intenciones, pero definitivamente son nuestras acciones las que terminan escribiendo la historia y esta —mucho antes que nuestros discursos— es la que los demás terminan leyendo. Porque Somos Lenguaje y el lenguaje, va más allá del discurso.

domingo, 15 de marzo de 2026

Confianza

Confianza y lenguaje: cómo las palabras que usas crean la realidad que habitas





"La fuerza es confiada por naturaleza. No existe un signo más patente de debilidad que desconfiar instintivamente de todo y de todos". Arturo Graf



Cada comienzo traer consigo infinitas posibilidades de creer y crear oportunidades. Porque hasta los finales, son nuevos comienzos. 

Fui criada con una educación religiosa cristiana, no demasiado estructurada, pero sí con frases que se repetían como mantras constantemente. Mi mamá tiene esa particularidad de vibrar en una sintonía de amor, paz, gratitud, bondad y fe, que no sólo la han caracterizado a ella en su vida, sino que, a un nivel inconsciente, sus creencias han dejado una gran huella en nosotros. Quizá hace un tiempo sólo las escuchábamos como palabras vacías, provenientes de una persona que sabía frecuentar la iglesia; pero, en realidad, hay en ella algo mucho más profundo, que quizás ni ella misma se haya planteado: no se trata de su religión, sino de su espiritualidad, de su esencia divina.

Sin embargo, cada comienzo también trae una pregunta silenciosa: ¿en qué o en quién confío realmente? 

Menciono todo esto, porque con los años, cuando empecé a hacer mi vida sola, cuando migré la primera vez sin conocer a nadie y sin saber adónde iba a parar, fui comprendiendo que no estaba sola, que aquellas frases u oraciones con las que mi mamá nos educó toda una vida, empezaron a cobrar sentido. Ante los momentos de desafíos, siempre se me venían sus frases. Mi papá es distinto, un poco pragmático o realista, si se quiere, pero su mirada también me ha ayudado muchísimo para tomar decisiones en el plano material. Sin embargo, había otras que no dependían exclusivamente de lo que yo hiciera o no, sino de “dejarme llevar” por aquella pequeña corazonada: la intuición. Para estos momentos, era que salían a flote las oraciones de mi mamá: -hay que tener fe, decía. -Hay que aprender a agradecer por lo que tenemos, -Hay que dejar todo en las manos del señor, -Ama a tu prójimo como a ti mismo, -Dios no cierra una puerta sin abrir una ventana... y así, en cada situación puntual, salía a relucir cada una de sus frases. 

Por eso, esta reflexión es para invitarte a pensar en una palabra que escuchamos a diario, pero que parece no le damos el sentido que merece: confianza, o como la ha llamado siempre mi mamá: fe.

Para empezar, la palabra proviene del latín confidentia, derivada de confidere: con (junto) y fides (fe). En la antigua Roma, la fides no era sólo creencia religiosa, sino un principio ético y social: la lealtad, la coherencia, la palabra dada. Confiar, en su origen, significaba vivir en coherencia con aquello que se cree. Con el tiempo, la modernidad redujo esta palabra a un contrato social: confiar en el otro, confiar en las instituciones, confiar en lo externo; pero su sentido más profundo siempre ha sido interno.

La confianza es más que una palabra “peyorativamente” usada, porque vivimos en una sociedad que limita mucho desde el lenguaje y, en lugar de confiar, desconfiamos y usamos la palabra confianza como un contrato social, como si ésta dependiera de otro; pero nada más alejado de esa realidad. La confianza es una experiencia íntima. No depende de lo que el mundo haga, sino de la certeza de que, pase lo que pase, podré sostenerme y que, como diría mi mamá: los tiempos de Dios son perfectos y todo ocurre en el momento correcto, aunque a veces no entendamos las razones.

Por eso, es importante soltar el control y no dejar algo tan íntimo en manos de otros, o de tiempos y sucesos, de los cuales, no podemos tener el control. Confiar, significa creer en una fuerza intensa del alma que sabe que, pase lo que pase, yo estaré bien porque me tengo a mí, porque creo en mí, porque lo que sucede allá afuera no tiene nada que ver con el otro, tiene que ver única y exclusivamente conmigo

En su obra: Los cuatro acuerdos, Miguel Ruiz nos invita a no tomarnos nada personalmente. Ese es el segundo acuerdo y comprenderlo puede transformar radicalmente nuestra manera de relacionarnos con el mundo, porque lo que el otro dice o hace no tiene que ver contigo, sino con su propio mundo interior, sus heridas, sus elecciones. Entender esto es, quizás, uno de los actos más liberadores y amorosos que podemos hacer por nuestro propio ser.

En el intento de querer ayudar a otros a que simplemente confiaran, a que sintieran esa certeza de que las cosas siempre saldrían favorablemente en su momento y lugar correcto, me sentía frustrada, porque pese a ser educadora y dedicarme a la enseñanza y/o transmisión de saberes, me sentía incapacitada para enseñar algo que yo siento vital. Sin embargo, hace poco escuchaba una conferencia del Dr. Mario Alonso Puig, donde explicaba que este fenómeno tiene una explicación biológica. Algunas personas nacemos más predispuestas a lo positivo, a la fe..., otras, en cambio, nacen más predispuestas a lo negativo o catastrófico. Durante la entrevista, el locutor le preguntó si eso se podía modificar a lo que el Dr. Puig respondió afirmativamente y es, justamente, a través del lenguaje (abajo la charla completa). Realmente sentí mucho alivio porque comprendí que no se trataba de mi incapacidad para enseñar, sino de desconocimiento y, saber esto, me abrió las puertas a nuevas estrategias.

Aquí aparece entonces un punto clave: el lenguaje no sólo describe la realidad, la crea. Diversos estudios en psicología cognitiva muestran que las palabras que usamos activan redes neuronales específicas, modificando nuestra percepción y nuestra emoción. Es decir, no sentimos y luego hablamos; muchas veces hablamos y luego sentimos. Por eso, cambiar hábitos o construir confianza no comienza en la acción, sino en la narrativa interna.

Lo vemos claramente en los procesos de cambio personal. Muchas personas dicen: “Quiero, pero no puedo”, “Estoy intentando”, “Me cuesta demasiado”. Ese lenguaje refuerza la identidad que se desea abandonar y, el cerebro no responde a lo que queremos, sino a lo que repetimos. Aquí aparece la resistencia. Incluso cuando deseamos algo positivo —empezar a hacer ejercicio, cuidar la salud, cambiar de vida— surge una fuerza interna que nos frena. No es falta de voluntad: es un mecanismo de protección. El sistema nervioso busca lo conocido porque lo interpreta como seguro. Desde la psicología profunda, Carl Jung lo explicó como la defensa de la sombra: el ego protege la versión antigua porque teme desaparecer. Por eso el cambio genera incomodidad y muchas veces preferimos el sufrimiento conocido a la libertad desconocida.

El lenguaje; sin embargo, puede abrir una grieta en ese sistema. No se trata entonces de negar la dificultad, sino de crear una nueva identidad antes de que la emoción la confirme. No decir: “estoy intentando”, sino “estoy construyendo”, o “quiero cambiar”, sino “estoy cambiando”.

En el hermetismo, el principio de correspondencia afirma: “Como es adentro, es afuera”. Esta idea, presente en textos atribuidos a El Kybalión, nos recuerda que la realidad externa refleja nuestro mundo interno. No es magia ingenua, sino coherencia psicológica.

Lo que pensamos, sentimos y creemos organiza nuestras decisiones, y estas decisiones crean nuestra vida. Por eso, confiar no es esperar que todo salga bien. Es actuar desde la certeza interna, incluso cuando no hay garantías externas.

Por otro lado, también es importante reconocer el dolor. La vida trae pérdidas, duelos, incertidumbre. Confiar no significa negar la herida, significa permitir que la herida se transforme en conciencia. Para los estoicos, las peores experiencias son las que nos permiten encontrarnos a nosotros mismos. Según esta corriente filosófica, la adversidad es la mejor fuente de la virtud y es superando obstáculos como nos hacemos sabios. En otras palabras, el dolor debe ser una oportunidad para hallar en nosotros nuestra mejor versión.

La confianza no es control, es entrega. Es caminar sin ver todavía el resultado y esta debe habitar en tu corazón para encontrar sentido a la transformación que venga.

Es claro que la sociedad actual está llena de heridas, algunas muy profundas, que no permiten creer, confiar... y más, cuando vivimos enfrentando la vida misma, algunas cargadas de tragedias inevitables, o mejor dicho, de las que no tenemos el control; pero como ya mencioné, la confianza no se halla afuera, sino adentro. Pensemos en esto: cuántas veces has dicho o escuchado decir de las personas más allegadas a ti que la humanidad está perdida, que somos un desastre como especie, que la naturaleza humana es hacer daño, etc., pero mírate a ti frente a un espejo y piensa si aquello que tú juzgas en los otros habita en ti. En caso afirmativo, es importante empezar por sanar y ocuparnos de nosotros mismos antes de emitir un juicio de valor; de lo contrario, allí tienes la respuesta: no se trata de la humanidad, se trata de personas que no están bien, pero, así como hay tantas personas que no lo están, tú eres el ejemplo de que, pese a tu dolor o experiencias que pudieron dañarte, elegiste ser íntegro, compasivo, capaz de dar y recibir amor de múltiples formas.

Por lo tanto, no necesitas creer ni confiar en los demás, porque tú eres el cambio y lo que el otro es, no tiene nada que ver conmigo: son elecciones –conscientes o inconscientes– y la transformación tiene que ver justamente con hacerlas conscientes porque como dijo Jung: "Hasta que no hagas consciente lo inconsciente, éste dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino". Lo que significa es que, si no somos conscientes de nuestras motivaciones, miedos y patrones de comportamiento inconscientes, estos seguirán influyendo en nuestras decisiones y acciones, llevándonos por caminos que quizás no elegiríamos conscientemente.

Pues bien, la confianza hay que trabajarla, si no habita en tu corazón, hay que permitirle entrar: no se trata de creer en nadie, sino de creer en ti, confiar en ti; porque no puedes tener el control de lo que es externo a ti, sólo puedes controlar lo que está dentro de ti. Recuerda: es la forma como ves las cosas, lo que hace que estas sean claras u oscuras. 

Entonces, ¿por qué es importante hablar de la confianza? Porque para que haya una transformación profunda, primero debes confiar. Tener fe es la certeza de que aquello que aún no veo en mi vida, realmente está pasando: existe. 

La confianza no depende del mundo. Depende de tu decisión de habitarte y aquí es donde el lenguaje se vuelve un puente. Porque no se trata sólo de pensar positivo, sino de reconstruir la relación contigo mismo, con tu historia, con tu identidad. Cambiar la forma en que te hablas puede transformar la forma en que vives.

Este es el corazón de mi trabajo: en Somos Lenguaje, acompañamos procesos de transformación a través de la palabra: reprogramación neurolingüística, escritura terapéutica, formación, liderazgo y bienestar emocional. No creemos en soluciones mágicas, sino en procesos conscientes y sostenibles.

Porque cuando cambias el lenguaje, cambias la percepción y cuando cambias la percepción, cambia la realidad. Por eso quiero dejarte esta pregunta abierta para que reflexiones: ¿En qué parte de tu vida necesitas confiar más hoy?

Tal vez no tengas todas las respuestas, tal vez no veas aún el camino; pero puedes empezar por algo simple: observar cómo te hablas.

Confiar no es ingenuidad, es sabiduría en acción, y recuerda: no necesitas creer en todos, no necesitas controlar todo, no necesitas saberlo todo. Sólo necesitas empezar a confiar en ti, en ese poder infinito que abunda en el universo, ese que está dentro de ti. Porque somos lenguaje y la forma en que te hablas hoy está creando la persona que serás mañana.

Si sientes que es momento de transformar tu diálogo interno, de abrir nuevas posibilidades o de acompañarte en un proceso de cambio real, la puerta está abierta.

A veces, todo empieza con una conversación.




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domingo, 19 de octubre de 2025

El eco de lo que callamos

 
El eco de lo que callamos

Por: Diana Osorio 

“No hay luz sin sombra y no hay conciencia sin inconsciente”. Carl Jung

Este texto nace de una de tantas reflexiones que la vida ofrece en el día a día: de situaciones vividas y escuchadas, de sueños que llegaron mientras dormía y de conversaciones profundas con mi muy querida amiga y colega, la psicóloga argentina Alejandra Cagliani. A ella, mi especial agradecimiento, por su mirada atenta, por ayudarme a comprender con claridad diversos términos y por su colaboración en la construcción de esta reflexión. Su presencia estuvo tejida en muchas de las líneas mientras surgía la escritura, y confío en que este sea apenas el comienzo de muchos textos que, juntas, llegaremos a escribir.

La mujer avanzaba por el pasillo del sanatorio con paso contenido, como si el suelo pudiera desvanecerse bajo sus pies. Detrás de ella, una enfermera cerraba la puerta con un chasquido que sonó a sentencia. Una vez afuera, el aire era claro y tibio y un grupo de personas la esperaba con una mezcla de alivio y cautela. Ella fingió reconocerlos: los saludó con gestos ensayados, con una vaga sonrisa que no le pertenecía. Parecían ser su familia, aunque realmente no los reconocía.

En ese mismo instante otra mujer, idéntica a ella abría los ojos a un lugar desconocido. Despertaba justo en la habitación que la otra mujer había recientemente dejado. No recordaba ni entendía por qué estaba allí. Las paredes blancas y los relojes detenidos parecían vigilarla. Un momento donde dos realidades totalmente diferentes, eran vividas por la misma mujer y, en algún punto, entre las dos, había quedado suspendida la pregunta: ¿Quién de las dos estaba realmente recuperándose?

¿Quién soy yo realmente? ¡Vaya pregunta!

Una pregunta tan antigua, tan necesaria, tan temida. Cuántas veces nos la habrán hecho y cuántas nos la habremos hecho nosotros mismos. Como si se tratara de un acertijo, tratamos de hallar la respuesta entre juegos de palabras que parecen interminables; pero es una pregunta de la que solemos huir, consciente o inconscientemente, porque para responderla debemos atravesar el laberinto de nuestra mente y silenciar los pensamientos intrusivos –y muchas veces también los deliberados– esas ideas o imágenes que irrumpen sin permiso, cargadas de miedo, culpa o dolor.

Es a este tipo de pensamientos que Freud (1915/2013) los describió como el retorno de lo reprimido, contenidos inconscientes que pugnan por ser reconocidos; Jung (1951/2014) los habría llamado mensajeros de la sombra, símbolos de aquello que negamos de nosotros mismos. La neurociencia moderna los interpreta como el ruido de un cerebro en modo supervivencia, incapaz de distinguir entre amenaza real e imaginada. El médico y conferencista Mario Alonso Puig explica que cuando vivimos bajo estrés o miedo, el cerebro activa los mismos circuitos que en una situación de peligro físico, lo que genera distorsiones cognitivas. Dichas distorsiones nos hacen percibir como reales pensamientos que en verdad son proyecciones del dolor no resuelto (Puig, 2010).

Silenciar esos pensamientos no significa negarlos, sino observarlos sin identificarnos con ellos. Escucharlos como ecos de algo más profundo, como fragmentos de una historia que pide ser comprendida. Enfrentar sus espejos para conectar con la verdadera esencia: ese yo que durante años —y, en algunos casos, toda una vida— vive en las sombras, acallado por el murmullo propio y el de los demás.

Voces que hablan a través de nosotros

Si mi vida es sólo mía, ¿por qué permito que otros hablen a través de mí? Somos los protagonistas de nuestra historia, pero muchas veces cedemos el guion. Permitimos que otros crucen los límites, que inventen narrativas sobre quiénes somos y lo que es nuestra vida y, peor aún, terminamos adoptándolas. Tal vez esas narrativas ajenas sean apenas un relato que otros nos contaron sobre nosotros mismos… o quizá, como sugiere la psicología analítica, historias que el inconsciente fabricó “para mantenernos a salvo cuando alguien más nos hirió” (Jung, 1954/2010).

El propio autor advirtió que “hasta que no hagas consciente lo inconsciente, éste dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino” (Jung, 1953/2010). Un destino, que a menudo, se manifiesta como repetición: repetimos vínculos, heridas, silencios. Nos defendemos del dolor reproduciendo lo que nos lastimó.

Dos hemisferios, una misma historia

Los seres humanos creemos vivir desde el hemisferio izquierdo: allí donde habita la palabra estructurada, la lógica que ordena, el pensamiento que clasifica, el cálculo que mide, la memoria que nombra. Ese hemisferio convierte la experiencia en línea recta, fragmenta lo infinito en pasos y secuencias, nos da certeza en medio del caos. Allí encontramos la seguridad de lo conocido y la ilusión de control que tanto necesitamos para sostenernos. Sin embargo, ambos hemisferios dialogan constantemente. El derecho —silencioso y a menudo ignorado— guarda lo no dicho: lo simbólico, lo emocional, lo intuitivo, lo que emerge en los sueños y en el arte. Allí residen las imágenes primordiales, los recuerdos corporales, los vínculos invisibles que nos atan a la memoria y al inconsciente colectivo. La neurociencia lo confirma: el hemisferio derecho procesa la información de forma holística, simultánea y relacional. Reconoce rostros, capta tonos emocionales, conecta patrones. Es menos analítico y más asociativo; menos literal y más metafórico y, es precisamente en ese territorio, donde operan lo inconsciente y lo reprimido, donde los traumas se esconden y las emociones buscan expresarse (McGilchrist, 2019).

Así, lo que Jung advertía se vuelve tangible: mientras creemos que la razón y el lenguaje nos conducen, en realidad es el hemisferio derecho —con su caudal de sombras y símbolos— el que traza rutas invisibles. Hasta que no las escuchemos, seremos dirigidos por ellas.

El cuerpo también recuerda

Hace algunos años comencé mi camino de autodescubrimiento. Lo más extraordinario fue lo que me llevó hasta allí. Durante mi larga temporada en el infierno —a la que en mi antología poética llamo Éxodo— atravesé toda clase de crisis: psicológicas y físicas. Las segundas me acompañaban desde una edad tan temprana que mi memoria no las alcanza, aunque mi mamá siempre las recuerda. En aquel tiempo mi vida era una marejada: a veces calma, la mayoría, una sudestada que arrasaba con todo. Cuando mi salud física se desbordó y la medicina tradicional no ofrecía respuestas —más que medicamentos que destruían mi microbiota— un compañero de la facultad, psicólogo, me recomendó un médico japonés que ofrecía una mirada alternativa. “Ve con la mente abierta”, me dijo.

Así lo hice, fui sin expectativas. Ese médico, sin explicaciones previas, me niveló los chakras y entró a mi biblioteca kármica ancestral. Sin saber nada sobre el tema, me hizo registros akáshicos. Durante el peor momento de mi vida, ante la pérdida de mi sobrino, me hallé perdida también yo. Sin entender qué significaba toda esa información, sin saber aún que algunos traumas se disfrazan de normalidad. A partir de ese momento, en 2018, mi camino de autodescubrimiento no se ha detenido.

Naturalizamos tanto ciertas heridas que aprendemos a vivir con ellas. Incluso las defendemos de quienes las señalan, porque quizá no teníamos edad para comprenderlas… o porque ya eran “familiares” para nosotros (la famosa zona de confort, que, aunque te haga daño, reconoces, te es familiar). Recordemos que el daño, muchas veces, se presenta disfrazado de amor, de protección, de admiración. Freud (1917/2006) escribió que “el yo no es dueño de su propia casa” y esa frase cobra sentido cuando comprendemos que muchos de nuestros pensamientos, síntomas o comportamientos no son elegidos, sino heredados o aprendidos.

El eco del daño

Estas líneas no son una confesión, sino una reflexión. Estoy segura de que más de un lector resonará con ellas. Cada vida trae experiencias destinadas a enseñarnos algo; en mi caso, como seguro en tantos otros, a poner límites. Por eso la vida siempre me puso frente a las personas necesarias para aprenderlo. Sanar las heridas es imperativo. De no hacerlo, repetiremos historias sin entender por qué y nuestras heridas, usadas como escudo frente al mundo que “nos hizo daño”, acabarán lastimando también a otros.

Siempre me ha fascinado el género policiaco y, en el cine, los thrillers psicológicos, especialmente aquellos con asesinos seriales. Al principio los veía intrigada por la inteligencia de los investigadores; luego mi interés cambió: ¿qué sucede en la mente de quien destruye? En muchos casos, basta un detonante. Lo triste es que detrás de cada uno hay una historia de abuso, abandono o dolor. No se trata de justificar lo que hacen, sino de comprender. Porque la violencia no nace en el vacío; en muchos casos, ésta suele ser el eco de un trauma o de heridas no resueltas. Reflexionemos entonces, ¿qué habría sucedido si la historia hubiese sido otra? Algunos nacen con un trastorno antisocial, sí, pero en muchos otros, la crueldad es aprendida, repetida, naturalizada. Quizás no tengamos la autoridad para hablar desde lo clínico, pero sí desde lo humano. Reflexionar sobre el daño que infligimos –a veces sin darnos cuenta– especialmente a los más vulnerables y aunque quizás no siempre éste sea “grave”, los daños siempre dejan huella.

Una niña, por ejemplo, que fue llevada a territorios emocionales inapropiados por un adulto puede crecer creyendo una versión distorsionada de sí misma. Un niño educado con maltrato verbal y psicológico puede transformarse en un adulto lleno de miedo, inseguridad y autolimitación. Ambos cargan narrativas impuestas que condicionan su vida entera. 

En la película The Tale (2018), dirigida por Jennifer Fox, la protagonista –interpretada por Laura Dern– revive el abuso sexual que sufrió a los trece años. Su proceso muestra cómo la mente reescribe el pasado para sobrevivirlo. Ella misma dice: “Es curioso cómo recordamos a determinada gente; en tu interior permanecen inmutables y convives con ellos felizmente sin querer que nada cambie”. Esa frase resume una verdad dolorosa: el cuerpo recuerda lo que la mente niega y el alma busca la verdad para poder sanar.

Nos contamos historias para protegernos, pero el cuerpo, con su sabiduría, revela lo que la mente calla: transforma el malestar emocional en síntomas, en enfermedad, en insomnio o fatiga. Entonces surge nuevamente la pregunta: ¿somos el eco de una narrativa que nuestra mente construyó para sobrevivir al dolor, o el eco de historias que otros tejieron en nosotros y adoptamos como propias? Quizás seamos ambas cosas y sanar, entonces, no implica negar la historia, sino liberarla. Comprender que, aunque quienes nos dañaron quizá no supieron hacerlo mejor, somos nosotros quienes debemos detener el eco.

Entonces, ¿quién soy yo realmente? ¿y si la narrativa que conozco de mí no fuera más que una construcción de aquellas historias que viví, pero que no me definen?

Quizás somos eso: el eco de lo que callamos y cuando por fin lo escuchamos, cuando el silencio interno deja espacio a la voz auténtica, el eco se transforma en palabra, la palabra en conciencia y la conciencia en libertad. Entonces, quizás, llega ese instante en el que ese eco queda suspendido en el silencio: un silencio que no aísla, sino que une; que no oculta, sino que revela. De pronto, ese mismo silencio abre un espacio donde algo empieza a latir: una voz que despierta, tímida al principio, pero cada vez más firme, más viva y es allí —en ese umbral entre el silencio y la palabra— donde comienza, si logramos sostenerla, la verdadera recuperación.


Nota: mientras veía la película, me inquietaba cómo se habían filmado ciertas escenas, considerando la participación de una actriz menor de edad. Sin embargo, según la propia directora —quien además es la protagonista real de la historia—, se tomaron todas las precauciones necesarias para proteger la integridad de la niña durante el rodaje. Para conocer más detalles sobre este aspecto, puede leer la nota completa aquí.

Referencias

Alonso Puig, M. (2010). Reinventarse: Tu segunda oportunidad. Espasa.

Freud, S. (1915/2013). Lo inconsciente. En Obras completas (Vol. XIV). Amorrortu.

Freud, S. (1917/2006). Introducción del narcisismo y otros ensayos. Alianza Editorial.

 Jung, C. G. (1951/2014). Aion: Contribuciones al simbolismo del sí-mismo. Trotta.

 Jung, C. G. (1953/2010). Psicología y alquimia. Paidós.

 Jung, C. G. (1954/2010). Arquetipos e inconsciente colectivo. Paidós.

 McGilchrist, I. (2019). The Master and His Emissary: The Divided Brain and the Making of the Western World (2.ª ed.). Yale University Press.

Fox, J. (Directora). (2018). The Tale [Película]. HBO Films.