![]() |
| Confianza y lenguaje: cómo las palabras que usas crean la realidad que habitas |
"La fuerza es confiada por naturaleza. No existe un signo más patente de debilidad que desconfiar instintivamente de todo y de todos". Arturo Graf
Cada comienzo traer consigo infinitas posibilidades de creer y crear oportunidades. Porque hasta los finales, son nuevos comienzos. Fui criada con una educación religiosa cristiana, no demasiado estructurada, pero sí con frases que se repetían como mantras constantemente. Mi mamá tiene esa particularidad de vibrar en una sintonía de amor, paz, gratitud, bondad y fe, que no sólo la han caracterizado a ella en su vida, sino que, a un nivel inconsciente, sus creencias han dejado una gran huella en nosotros. Quizá hace un tiempo sólo las escuchábamos como palabras vacías, provenientes de una persona que sabía frecuentar la iglesia; pero, en realidad, hay en ella algo mucho más profundo, que quizás ni ella misma se haya planteado: no se trata de su religión, sino de su espiritualidad, de su esencia divina.
Sin embargo, cada comienzo también trae una pregunta silenciosa: ¿en qué o en quién confío realmente?
Menciono todo esto, porque con los años, cuando empecé a hacer mi vida sola, cuando migré la primera vez sin conocer a nadie y sin saber adónde iba a parar, fui comprendiendo que no estaba sola, que aquellas frases u oraciones con las que mi mamá nos educó toda una vida, empezaron a cobrar sentido. Ante los momentos de desafíos, siempre se me venían sus frases. Mi papá es distinto, un poco pragmático o realista, si se quiere, pero su mirada también me ha ayudado muchísimo para tomar decisiones en el plano material. Sin embargo, había otras que no dependían exclusivamente de lo que yo hiciera o no, sino de “dejarme llevar” por aquella pequeña corazonada: la intuición. Para estos momentos, era que salían a flote las oraciones de mi mamá: -hay que tener fe, decía. -Hay que aprender a agradecer por lo que tenemos, -Hay que dejar todo en las manos del señor, -Ama a tu prójimo como a ti mismo, -Dios no cierra una puerta sin abrir una ventana... y así, en cada situación puntual, salía a relucir cada una de sus frases.
Por eso, esta reflexión es para invitarte a pensar en una palabra que escuchamos a diario, pero que parece no le damos el sentido que merece: confianza, o como la ha llamado siempre mi mamá: fe.
Para empezar, la
palabra proviene del latín confidentia, derivada de confidere: con (junto) y
fides (fe). En la antigua Roma, la fides no era sólo creencia religiosa, sino
un principio ético y social: la lealtad, la coherencia, la palabra dada.
Confiar, en su origen, significaba vivir en coherencia con aquello que se cree.
Con el tiempo, la modernidad redujo esta palabra a un contrato social: confiar
en el otro, confiar en las instituciones, confiar en lo externo; pero su
sentido más profundo siempre ha sido interno.
La confianza es más que una palabra “peyorativamente”
usada, porque vivimos en una sociedad que limita mucho desde el lenguaje y, en
lugar de confiar, desconfiamos y usamos la palabra confianza como un contrato
social, como si ésta dependiera de otro; pero nada más alejado de esa realidad.
Por eso, es importante soltar el control y no dejar algo tan íntimo en manos de otros, o de tiempos y sucesos, de los cuales, no podemos tener el control. Confiar, significa creer en una fuerza intensa del alma que sabe que, pase lo que
pase, yo estaré bien porque me tengo a mí, porque creo en mí, porque lo que sucede allá afuera no
tiene nada que ver con el otro, tiene que ver única y exclusivamente conmigo.
En
su obra: Los cuatro acuerdos, Miguel Ruiz nos invita a no tomarnos nada personalmente.
Ese es el segundo acuerdo y comprenderlo puede transformar radicalmente nuestra
manera de relacionarnos con el mundo, porque lo que el otro dice o hace no
tiene que ver contigo, sino con su propio mundo interior, sus heridas, sus
elecciones. Entender esto es, quizás, uno de los actos más liberadores y
amorosos que podemos hacer por nuestro propio ser.
En el intento de querer ayudar a otros a que simplemente confiaran, a que sintieran esa certeza de que las cosas siempre saldrían favorablemente en su momento y lugar correcto, me sentía frustrada, porque pese a ser educadora y dedicarme a la enseñanza y/o transmisión de saberes, me sentía incapacitada para enseñar algo que yo siento vital. Sin embargo, hace poco escuchaba una conferencia del Dr. Mario Alonso Puig, donde explicaba que este fenómeno tiene una explicación biológica. Algunas personas nacemos más predispuestas a lo positivo, a la fe..., otras, en cambio, nacen más predispuestas a lo negativo o catastrófico. Durante la entrevista, el locutor le preguntó si eso se podía modificar a lo que el Dr. Puig respondió afirmativamente y es, justamente, a través del lenguaje (abajo la charla completa). Realmente sentí mucho alivio porque comprendí que no se trataba de mi incapacidad para enseñar, sino de desconocimiento y, saber esto, me abrió las puertas a nuevas estrategias.
Aquí aparece entonces un punto clave: el lenguaje no sólo describe la realidad, la crea. Diversos estudios en psicología cognitiva muestran que las palabras que usamos activan redes neuronales específicas, modificando nuestra percepción y nuestra emoción. Es decir, no sentimos y luego hablamos; muchas veces hablamos y luego sentimos. Por eso, cambiar hábitos o construir confianza no comienza en la acción, sino en la narrativa interna.
Lo vemos claramente en
los procesos de cambio personal. Muchas personas dicen: “Quiero, pero no
puedo”, “Estoy intentando”, “Me cuesta demasiado”. Ese lenguaje refuerza la
identidad que se desea abandonar y, el cerebro no responde a lo que queremos,
sino a lo que repetimos. Aquí aparece la resistencia. Incluso cuando deseamos
algo positivo —empezar a hacer ejercicio, cuidar la salud, cambiar de vida—
surge una fuerza interna que nos frena. No es falta de voluntad: es un
mecanismo de protección. El sistema nervioso busca lo conocido porque lo
interpreta como seguro. Desde la psicología profunda, Carl Jung lo explicó como
la defensa de la sombra: el ego protege la versión antigua porque teme
desaparecer. Por eso el cambio genera incomodidad y muchas veces preferimos el
sufrimiento conocido a la libertad desconocida.
El lenguaje; sin
embargo, puede abrir una grieta en ese sistema. No se trata entonces de negar
la dificultad, sino de crear una nueva identidad antes de que la emoción la
confirme. No decir: “estoy intentando”, sino “estoy construyendo”, o “quiero
cambiar”, sino “estoy cambiando”.
En el hermetismo, el
principio de correspondencia afirma: “Como es adentro, es afuera”. Esta idea,
presente en textos atribuidos a El Kybalión, nos recuerda que la realidad
externa refleja nuestro mundo interno. No es magia ingenua, sino coherencia
psicológica.
Lo que pensamos,
sentimos y creemos organiza nuestras decisiones, y estas decisiones crean
nuestra vida. Por eso, confiar no es esperar que todo salga bien. Es actuar
desde la certeza interna, incluso cuando no hay garantías externas.
Por otro lado, también
es importante reconocer el dolor. La vida trae pérdidas, duelos, incertidumbre.
Confiar no significa negar la herida, significa permitir que la herida se
transforme en conciencia. Para
los estoicos, las peores experiencias son las que nos permiten encontrarnos a
nosotros mismos. Según esta corriente filosófica, la adversidad es la mejor
fuente de la virtud y es superando obstáculos como nos hacemos sabios. En otras
palabras, el dolor debe ser una oportunidad para hallar en nosotros nuestra
mejor versión.
La confianza no es control, es entrega. Es caminar sin ver todavía el resultado y esta debe habitar en tu corazón para encontrar sentido a la transformación que venga.
Es claro que la sociedad actual está llena de heridas,
algunas muy profundas, que no permiten creer, confiar... y más, cuando vivimos
enfrentando la vida misma, algunas cargadas de tragedias inevitables, o mejor
dicho, de las que no tenemos el control; pero como ya mencioné, la confianza no
se halla afuera, sino adentro. Pensemos en esto: cuántas veces has dicho o escuchado
decir de las personas más allegadas a ti que la humanidad está perdida, que
somos un desastre como especie, que la naturaleza humana es hacer daño, etc.,
pero mírate a ti frente a un espejo y piensa si aquello que tú juzgas en los
otros habita en ti. En caso afirmativo, es importante empezar por sanar y ocuparnos
de nosotros mismos antes de emitir un juicio de valor; de lo contrario,
allí tienes la respuesta: no se trata de la humanidad, se trata de personas que
no están bien, pero, así como hay tantas personas que no lo están, tú eres el
ejemplo de que, pese a tu dolor o experiencias que pudieron dañarte, elegiste
ser íntegro, compasivo, capaz de dar y recibir amor de múltiples formas.
Por lo tanto, no necesitas creer ni confiar en los
demás, porque tú eres el cambio y lo que el otro es, no tiene nada que ver
conmigo: son elecciones –conscientes o inconscientes– y la transformación tiene
que ver justamente con hacerlas conscientes porque como dijo Jung: "Hasta
que no hagas consciente lo inconsciente, éste dirigirá tu vida y tú lo llamarás
destino". Lo que significa es que, si no somos conscientes de nuestras
motivaciones, miedos y patrones de comportamiento inconscientes, estos seguirán
influyendo en nuestras decisiones y acciones, llevándonos por caminos que
quizás no elegiríamos conscientemente.
Pues bien, la confianza hay que trabajarla, si no
habita en tu corazón, hay que permitirle entrar: no se trata de creer en nadie,
sino de creer en ti, confiar en ti; porque no puedes tener el control de lo que
es externo a ti, sólo puedes controlar lo que está dentro de ti. Recuerda: es
la forma como ves las cosas, lo que hace que estas sean claras u oscuras.
Entonces, ¿por qué es importante hablar de la confianza? Porque para que haya una transformación profunda, primero debes confiar. Tener fe es la certeza de que aquello que aún no veo en mi vida, realmente está pasando: existe.
La confianza no depende del mundo. Depende de tu decisión de
habitarte y aquí es donde el lenguaje se vuelve un puente. Porque no se trata sólo
de pensar positivo, sino de reconstruir la relación contigo mismo, con tu
historia, con tu identidad. Cambiar la forma en que te hablas puede transformar
la forma en que vives.
Este es el corazón de
mi trabajo: en Somos Lenguaje, acompañamos procesos de transformación a través
de la palabra: reprogramación neurolingüística, escritura terapéutica,
formación, liderazgo y bienestar emocional. No creemos en soluciones mágicas,
sino en procesos conscientes y sostenibles.
Porque cuando cambias
el lenguaje, cambias la percepción y cuando cambias la percepción, cambia la
realidad. Por eso quiero dejarte esta pregunta abierta para que reflexiones: ¿En
qué parte de tu vida necesitas confiar más hoy?
Tal vez no tengas todas
las respuestas, tal vez no veas aún el camino; pero puedes empezar por algo
simple: observar cómo te hablas.
Confiar no es
ingenuidad, es sabiduría en acción, y recuerda: no necesitas creer en todos, no
necesitas controlar todo, no necesitas saberlo todo. Sólo necesitas empezar a
confiar en ti, en ese poder infinito que abunda en el universo, ese que está dentro de ti. Porque somos lenguaje y la forma en que te hablas hoy está
creando la persona que serás mañana.
Si sientes que es
momento de transformar tu diálogo interno, de abrir nuevas posibilidades o de
acompañarte en un proceso de cambio real, la puerta está abierta.
A veces, todo empieza
con una conversación.
Quiero información por WhatsApp

Comentarios
Publicar un comentario
Si hay un tema que te interesaría que trabajaramos desde una mirada reflexiva, narrativa, poética o científica, contacta con nosotros.