Por: Diana
Osorio
“Hay gente que
se suicida saltando por la ventana. Me parece una locura. A mí me horrorizaría
el dolor”. La elegancia del erizo.
Resumen: en el presente texto abordaré diversos temas de manera superficial,
aunque el foco versará entre el amor y la locura. Para ello, comenzaré tocando un
tema tabú: el suicidio. Aquí relato una historia en primera persona que revela
cómo transitamos de la depresión a la locura y también viceversa, y luego al
amor, la compasión y la transformación. Como ya mencioné, este texto abarca
múltiples temas, además de complejos, pero hoy me concederé el
"permiso" para hacerlo, ya que se trata de una reflexión
profundamente personal en honor al gran amor de mi vida: mi sobrino.
¿Qué nos permite conservar la cordura en un mundo
donde es más sencillo dejarse llevar por la locura?
Se sufre muchísimo en
la locura, sí, porque quien está loco no percibe el mundo como los demás. Duele
pensar…, ¿acaso reflexionar sobre la condición humana, es quizás la puerta de
entrada, la invitación –si se quiere– para perder el juicio?, ¿qué entendemos entonces por locura?, ¿no es acaso una expresión, un término que ha cobrado
relevancia en tiempos recientes?
Hoy, hace nueve años,
la persona que más he amado decidió abandonar este mundo siendo aún muy joven e
inocente (del latín “innocuus”, lo que significa: “el que no hace daño”). Sí, reflexiono
en esta ocasión sobre uno de los temas tabú por excelencia. Y es que hablar de
la muerte o de quienes han fallecido siempre conlleva una connotación negativa.
Cuando perdemos a un ser querido, parece prohibido hablar de esa persona
después de cierto tiempo, como si en vida no la mencionáramos constantemente.
Es comprensible que, si han pasado sólo unos días o unas semanas, se nos “permita”
el tema, pero con el tiempo, hablar de ello se asocia a la depresión, a no
haber superado la pérdida, a sentir rechazo o "bajón", como dirían en
Argentina (país donde recibí la peor noticia de mi vida y donde viví un duelo
que me sumió en una profunda depresión durante muchos años) por la persona que
enfrentó la pérdida. Es común que, ante la muerte de alguien cercano, muchas
personas prefieran incluso tomar distancia, ya sea de manera consciente o
inconsciente; no todos poseen la fortaleza para acompañar a quien está
atravesando un duelo como esos. En mi caso, el contexto ha sido aún más
doloroso, ya que no sólo se trata de la muerte en sí. Mi sobrino eligió poner
fin a su vida a los quince años y medio.
Como escritora
apasionada por la literatura filosófica, profundamente influenciada por Albert Camus y otros importantes autores de la corriente existencialista, el suicidio
siempre ha sido un tema de mi interés. Desde joven lo he considerado un
derecho, pues cuando nacemos, nadie nos consulta si deseamos venir a este
mundo; al menos, no en términos concretos, sin ahondar en lo espiritual. Por
ello, he sostenido que el derecho a elegir cuándo y cómo morir debería estar
consagrado en la constitución de cada país. Sin embargo, querido lector, no
interprete este texto como una apología al suicidio; simplemente reflexiono
sobre un tema que me ha intrigado, como podría ser cualquier otro.
Enfrentar en carne
propia un asunto tan delicado, especialmente viniendo de la persona más
importante de mi vida, otorgó al tema –sin querer– una profundidad casi cínica.
Mi sobrino fue criado como un hermano y amado como un hijo. Recuerdo con
claridad ese lunes 9 de octubre cuando llegó a nuestra familia, tan sólo tres
días después de que yo cumpliera dieciséis años: somos una dualidad 69, y
quienes comprenden un poco de numerología reconocerán el profundo significado
de nuestro vínculo desde ese lugar. Confieso que me enamoré desde el momento en
que llegó; aún recuerdo cómo corría a casa para verlo y llenarlo de besos. Él
fue también quien más ha soportado mi forma excesiva de expresar amor: siempre
lo recibió con total apertura, bondad y desinterés. Podría escribir un libro sólo
para narrar nuestra historia y explicar la importancia de su paso por mi vida,
las transformaciones que generó en mí, etc., pero no es el propósito de esta
reflexión, así que lo abordaré en otro momento. Puedo sí, resumir que mi vida
es un antes y un después de él.
Desde niña he tenido una
sensibilidad especial: veo, escucho y percibo cosas que muchos no,
además de recibir mensajes a través de los sueños, provenientes de personas
fallecidas o de acontecimientos significativos. No obstante, mi paso por la
universidad me convirtió en una mujer pragmática, dejando atrás, como si de una
ilusión se tratara, todas mis experiencias sensitivas. Sin embargo, tras la
muerte de mi sobrino, se produjo una reapertura que al principio no supe
reconocer: ataques de pánico, pesadillas nocturnas y temblores en mi cuerpo se
convirtieron en mis constantes en aquella época. Lo que ignoraba es que estaba
atravesando una transformación profunda.
Él me enseñó lo que
es el amor verdadero. No pretendo tener la verdad absoluta, pero ese amor
inmenso hacia él se expandió en millones de partículas, como sus cenizas al
aire. Y es que, aunque tengo defectos propios de un ser humano, hoy sé que
todo, incluso los peores horrores que vivimos, se traducen en amor y compasión,
ya sea por su presencia o su ausencia.
Así, paradójicamente,
un tema sobre el cual siempre dije que escribiría un día un ensayo, se me
presentó como una bocanada de aire helado, como un péndulo que oscila entre la
felicidad extrema y la profunda depresión; ni siquiera puedo calificarlo de
tristeza. Entonces, lo que una vez me "salvó" en la adolescencia,
volvería a hacerlo en mi adultez. Es como si toda la literatura y el arte que
había acumulado a lo largo de mi vida como medio de "salvación"
hubieran recobrado vida para reclamarme todos esos años de "terapia"
e inversión emocional. Con el tiempo, pude sentir cada vez más el dolor de mi
sobrino; pude ponerme en su piel, no sólo de aquella fatídica madrugada de
abril en que partió, dejando atrás muchos corazones rotos, sino de su forma de
ver el mundo: con una extrema sensibilidad incomprensible aún para mí o, mejor
dicho, para aquella mujer pragmática en la que me había convertido. A medida
que pasa el tiempo, empatizo cada vez más con él, con su dolor, con el dolor en
general, con la desesperanza por vivir en un mundo tan complejo, donde almas
rotas construyen relaciones y, por si fuera poco, traen hijos al mundo en medio
del dolor, el odio y el desprecio hacia los demás. Son síntomas que se repiten
y perpetúan de generación en generación como karmas.
Y es que la sociedad
actual parece estar aún más contaminada y fragmentada. Entonces me pregunto:
¿cuáles son los valores que estamos heredando a "nuestros hijos", a
las generaciones futuras? Hoy en día, pensar ya no se concibe como una lógica
argumentada; en cambio, seguimos sistemas de repetición impuestos por otros. Es
cierto que hay voces que nos representan y construyen nuestras ideologías,
filosofías de vida y sistemas de creencias; pero, ¿qué ocurre con los valores?
A riesgo de sonar religiosa, ¿no es acaso el amor y la compasión la mayor
enseñanza divina? En términos más científicos, se han realizado varios estudios
que demuestran que el amor es la frecuencia de mayor vibración; cuando actuamos
desde el amor, nuestro sistema se regenera, creando una suerte de fractal: todo
aquello con lo que resonemos se expandirá.
La compasión es una
forma de amor; es amar en lugar de juzgar. Es un hecho más complejo que el amor
mismo, pues sobre el amor nos hablan desde que nacemos, pero la compasión opera
en otro nivel, ya que es completamente opuesta al odio, está en la misma vereda
del amor. Los seres humanos solemos sentir, aunque sea una vez en la vida, amor
y desprecio o incluso odio por otros. A menudo decimos que amamos X, pero
odiamos Y; sin embargo, la compasión se sitúa en otro plano: el de la
comprensión. Aunque pueda sonar contradictorio, hay quienes aseguran sentir
amor y odio al mismo tiempo por la misma persona, animal o cosa, incluso en
sentido figurado, como si el lenguaje en sí no tuviera ya suficiente poder.
Aquí es donde
introduzco otro valor del que ya he hablado en otros textos: el respeto. Este
nos distancia desde el amor; es decir, puedo no estar de acuerdo con lo que
haces o dices, pero puedo respetarte. La compasión, por otro lado, nos acerca
desde el amor, porque para sentir compasión debo sentir amor, respeto, empatía
y comprensión: lo que en ningún momento implica justificación. Entonces, ¿a quiénes
o sobre quiénes hacemos los juicios?, ¿y si le damos vuelta a la situación y
nos ponemos a nosotros mismos ante aquella situación o a alguien a quien amamos
mucho, cómo reaccionaríamos? porque vamos por la vida opinando deliberadamente sobre
el sentir, el accionar, el comportamiento ajeno sin comprender absolutamente
nada, hablando desde nuestra percepción, desde nuestro propio ego.
Es cierto que siempre
emitimos juicios, de hecho, estas reflexiones lo son de alguna manera; pero hay
formas de hacerlo sin personalizar, sin señalamientos, apelando en cambio a la
reflexión sobre nuestras propias acciones, tratando de construir una sociedad
con vínculos más fuertes, donde pensemos más en el otro y dejemos de lado el
egoísmo, donde si “miramos” al otro sea para ver cómo podemos aportar, directa
o indirectamente.
Hoy, domingo 13 de
abril, después de ya nueve años de haber enfrentado la muerte de mi sobrino, puedo
decir que me siento realmente bien. Comencé el día reflexionando con mi
hermana, la madre de mi sobrino (yo iniciando el día y ella concluyendo el
sábado debido a la diferencia horaria que tenemos). Ella había visto una charla
de Alejandro Jodorowsky –quien, para mí es uno de los más grandes talentos que
ha engendrado Chile– en la que afirmaba que el pasado no existe. Ciertamente, así es. Le conté sobre el sentimiento que me ha acompañado en los
últimos días y, especialmente hoy, un estado que solía experimentar antes de la
muerte de mi sobrino: un estado permanente de gratitud. Este sentimiento me
hace reconocer que me he recuperado. Aunque siento gran nostalgia por no poder
tenerlo a él físicamente para llenarlo de besos y respirar su aroma que me
llenaba de vida, ahora sé que puedo inhalarlo en todo momento, porque su amor
permanece en el espacio, sin importar dónde ni con quién esté.
Hoy evoco tantos
momentos hermosos que viví durante mi depresión, los lugares mágicos que
frecuenté, las letras que escribí, el amor que brindé y me fue brindado, las
personas maravillosas que crucé en mi camino, de las cuales muchas veces no vi,
pues mi desesperanza era más grande. Ahora sé que el único momento que existe
es este: el presente, y desde este presente siento el amor que heredé de mi
sobrino, así como la compasión y empatía por el dolor y las experiencias ajenas,
pues sé lo que es estar en el infierno.
Hoy agradezco haber
vivido y aprendido de la maravillosa experiencia junto a él, de haber
compartido parte de nuestras historias, de habernos cruzado y amado
profundamente. No sé realmente quién es él; sinceramente, ni habiéndolo
conocido tanto puedo descifrarlo. No era un niño o un adolescente cualquiera, y
su muerte no fue un evento aleatorio, aunque figure en las estadísticas de un
tema que sigue siendo tabú. Él dejó un legado, tal vez como muchos lo hacen,
pero que, al sumergirnos en el dolor, la rabia y la culpa, no logramos ver.
Hoy, ese legado vive en mí y a través de las letras deseo difundirlo, ya que
fueron estas las que también me ayudaron a sanar el dolor: letras que él
también componía, porque su vida fue arte, crearte y creer-le: "Yo soy el
que soy", me dijo.
Con todo esto, no sé
si he recobrado la cordura o si, tal vez, estoy más loca, así como siempre lo
fui, al igual que mi sobrino. Sólo sé que él y el arte me han dado alas para
seguir volando y, en esta ocasión, para difundir lo que intento compartir en
otras reflexiones. Es el amor lo que nos permitirá trascender, sanar,
liberarnos de cargas, de sentimientos negativos, de culpas, de tristeza. Así que
volvamos a plantear la pregunta con la que comencé esta reflexión: ¿qué nos
permite conservar la cordura en un mundo donde es más sencillo dejarse llevar por
la locura? El amor es el puente.
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