El eco de lo que callamos
Por: Diana Osorio
“No hay luz sin sombra y no hay conciencia sin inconsciente”. Carl Jung
Este texto nace
de una de tantas reflexiones que la vida ofrece en el día a día: de situaciones
vividas y escuchadas, de sueños que llegaron mientras dormía y de
conversaciones profundas con mi muy querida amiga y colega, la psicóloga
argentina Alejandra Cagliani. A ella, mi especial agradecimiento, por su mirada
atenta, por ayudarme a comprender con claridad diversos términos y por su
colaboración en la construcción de esta reflexión. Su presencia estuvo tejida
en muchas de las líneas mientras surgía la escritura, y confío en que este sea
apenas el comienzo de muchos textos que, juntas, llegaremos a escribir.
La mujer avanzaba por el pasillo del sanatorio con paso contenido,
como si el suelo pudiera desvanecerse bajo sus pies. Detrás de ella, una
enfermera cerraba la puerta con un chasquido que sonó a sentencia. Una vez
afuera, el aire era claro y tibio y un grupo de personas la esperaba con una
mezcla de alivio y cautela. Ella fingió reconocerlos: los saludó con gestos
ensayados, con una vaga sonrisa que no le pertenecía. Parecían ser su familia,
aunque realmente no los reconocía.
En ese mismo instante otra mujer, idéntica a ella abría los ojos a un lugar desconocido. Despertaba justo en la habitación que la otra mujer había recientemente dejado. No recordaba ni entendía por qué estaba allí. Las paredes blancas y los relojes detenidos parecían vigilarla. Un momento donde dos realidades totalmente diferentes, eran vividas por la misma mujer y, en algún punto, entre las dos, había quedado suspendida la pregunta: ¿Quién de las dos estaba realmente recuperándose?
¿Quién soy yo realmente? ¡Vaya pregunta!
Una pregunta tan antigua, tan necesaria, tan temida. Cuántas veces
nos la habrán hecho y cuántas nos la habremos hecho nosotros mismos. Como si se
tratara de un acertijo, tratamos de hallar la respuesta entre juegos de
palabras que parecen interminables; pero es una pregunta de la que solemos
huir, consciente o inconscientemente, porque para responderla debemos atravesar
el laberinto de nuestra mente y silenciar los pensamientos intrusivos –y muchas
veces también los deliberados– esas ideas o imágenes que irrumpen sin permiso,
cargadas de miedo, culpa o dolor.
Es a este tipo de pensamientos que Freud (1915/2013) los describió
como el retorno de lo reprimido, contenidos inconscientes que pugnan por ser
reconocidos; Jung (1951/2014) los habría llamado mensajeros de la sombra,
símbolos de aquello que negamos de nosotros mismos. La neurociencia moderna los
interpreta como el ruido de un cerebro en modo supervivencia, incapaz de
distinguir entre amenaza real e imaginada. El médico y conferencista Mario Alonso Puig explica que cuando vivimos bajo estrés o miedo, el cerebro activa
los mismos circuitos que en una situación de peligro físico, lo que genera
distorsiones cognitivas. Dichas distorsiones nos hacen percibir como reales
pensamientos que en verdad son proyecciones del dolor no resuelto (Puig, 2010).
Silenciar esos pensamientos no significa negarlos, sino
observarlos sin identificarnos con ellos. Escucharlos como ecos de algo más
profundo, como fragmentos de una historia que pide ser comprendida. Enfrentar
sus espejos para conectar con la verdadera esencia: ese yo que durante años —y,
en algunos casos, toda una vida— vive en las sombras, acallado por el murmullo
propio y el de los demás.
Voces que hablan a través
de nosotros
Si mi vida es
sólo mía, ¿por qué permito que otros hablen a través de mí? Somos los protagonistas
de nuestra historia, pero muchas veces cedemos el guion. Permitimos que otros
crucen los límites, que inventen narrativas sobre quiénes somos y lo que es
nuestra vida y, peor aún, terminamos adoptándolas. Tal vez esas narrativas
ajenas sean apenas un relato que otros nos contaron sobre nosotros mismos… o
quizá, como sugiere la psicología analítica, historias que el inconsciente
fabricó “para mantenernos a salvo cuando alguien más nos hirió” (Jung,
1954/2010).
El propio autor advirtió que “hasta que no hagas consciente lo
inconsciente, éste dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino” (Jung, 1953/2010).
Un destino, que a menudo, se manifiesta como repetición: repetimos vínculos,
heridas, silencios. Nos defendemos del dolor reproduciendo lo que nos lastimó.
Dos hemisferios, una misma historia
Los seres
humanos creemos vivir desde el hemisferio izquierdo: allí donde habita la
palabra estructurada, la lógica que ordena, el pensamiento que clasifica, el
cálculo que mide, la memoria que nombra. Ese hemisferio convierte la experiencia
en línea recta, fragmenta lo infinito en pasos y secuencias, nos da certeza en
medio del caos. Allí encontramos la seguridad de lo conocido y la ilusión de
control que tanto necesitamos para sostenernos. Sin embargo, ambos hemisferios
dialogan constantemente. El derecho —silencioso y a menudo ignorado— guarda lo
no dicho: lo simbólico, lo emocional, lo intuitivo, lo que emerge en los sueños
y en el arte. Allí residen las imágenes primordiales, los recuerdos corporales,
los vínculos invisibles que nos atan a la memoria y al inconsciente colectivo. La
neurociencia lo confirma: el hemisferio derecho procesa la información de forma
holística, simultánea y relacional. Reconoce rostros, capta tonos emocionales,
conecta patrones. Es menos analítico y más asociativo; menos literal y más
metafórico y, es precisamente en ese territorio, donde operan lo inconsciente y
lo reprimido, donde los traumas se esconden y las emociones buscan expresarse
(McGilchrist, 2019).
Así, lo que Jung advertía se vuelve tangible: mientras creemos que
la razón y el lenguaje nos conducen, en realidad es el hemisferio derecho —con
su caudal de sombras y símbolos— el que traza rutas invisibles. Hasta que no
las escuchemos, seremos dirigidos por ellas.
El cuerpo también recuerda
Hace algunos
años comencé mi camino de autodescubrimiento. Lo más extraordinario fue lo que
me llevó hasta allí. Durante mi larga temporada en el infierno —a la que
en mi antología poética llamo Éxodo—
atravesé toda clase de crisis: psicológicas y físicas. Las segundas me
acompañaban desde una edad tan temprana que mi memoria no las alcanza, aunque
mi mamá siempre las recuerda. En aquel tiempo mi vida era una marejada: a veces
calma, la mayoría, una sudestada que arrasaba con todo. Cuando mi salud física
se desbordó y la medicina tradicional no ofrecía respuestas —más que
medicamentos que destruían mi microbiota— un compañero de la facultad,
psicólogo, me recomendó un médico japonés que ofrecía una mirada alternativa. “Ve
con la mente abierta”, me dijo.
Así lo hice, fui sin expectativas. Ese médico, sin explicaciones
previas, me niveló los chakras y entró a mi biblioteca kármica ancestral. Sin
saber nada sobre el tema, me hizo registros akáshicos. Durante el peor momento
de mi vida, ante la pérdida de mi sobrino, me hallé perdida también yo. Sin
entender qué significaba toda esa información, sin saber aún que algunos
traumas se disfrazan de normalidad. A partir de ese momento, en 2018, mi camino
de autodescubrimiento no se ha detenido.
Naturalizamos tanto ciertas heridas que aprendemos a vivir con
ellas. Incluso las defendemos de quienes las señalan, porque quizá no teníamos
edad para comprenderlas… o porque ya eran “familiares” para nosotros (la famosa
zona de confort, que, aunque te haga daño, reconoces, te es familiar). Recordemos
que el daño, muchas veces, se presenta disfrazado de amor, de protección, de
admiración. Freud (1917/2006) escribió que “el yo no es dueño de su propia
casa” y esa frase cobra sentido cuando comprendemos que muchos de nuestros
pensamientos, síntomas o comportamientos no son elegidos, sino heredados o
aprendidos.
El eco del daño
Estas líneas no
son una confesión, sino una reflexión. Estoy segura de que más de un lector
resonará con ellas. Cada vida trae experiencias destinadas a enseñarnos algo;
en mi caso, como seguro en tantos otros, a poner límites. Por eso la vida
siempre me puso frente a las personas necesarias para aprenderlo. Sanar las
heridas es imperativo. De no hacerlo, repetiremos historias sin entender por
qué y nuestras heridas, usadas como escudo frente al mundo que “nos hizo daño”,
acabarán lastimando también a otros.
Siempre me ha fascinado el género policiaco y, en el cine, los thrillers psicológicos, especialmente aquellos con
asesinos seriales. Al principio los veía intrigada por la inteligencia de los
investigadores; luego mi interés cambió: ¿qué sucede en la mente de quien
destruye? En muchos casos, basta un detonante. Lo triste es que detrás de cada
uno hay una historia de abuso, abandono o dolor. No se trata de justificar lo
que hacen, sino de comprender. Porque la violencia no nace en el vacío; en
muchos casos, ésta suele ser el eco de un trauma o de heridas no resueltas. Reflexionemos
entonces, ¿qué habría sucedido si la historia hubiese sido otra? Algunos nacen
con un trastorno antisocial, sí, pero en muchos otros, la crueldad es
aprendida, repetida, naturalizada. Quizás no tengamos la autoridad para hablar
desde lo clínico, pero sí desde lo humano. Reflexionar sobre el daño que
infligimos –a veces sin darnos cuenta– especialmente a los más vulnerables y
aunque quizás no siempre éste sea “grave”, los daños siempre dejan huella.
Una niña, por ejemplo, que fue llevada a territorios emocionales inapropiados por un adulto puede crecer creyendo una versión distorsionada de sí misma. Un niño educado con maltrato verbal y psicológico puede transformarse en un adulto lleno de miedo, inseguridad y autolimitación. Ambos cargan narrativas impuestas que condicionan su vida entera.
En la película The Tale (2018), dirigida por Jennifer Fox, la protagonista –interpretada por Laura Dern– revive el abuso sexual que sufrió a los trece años. Su proceso muestra cómo la mente reescribe el pasado para sobrevivirlo. Ella misma dice: “Es curioso cómo recordamos a determinada gente; en tu interior permanecen inmutables y convives con ellos felizmente sin querer que nada cambie”. Esa frase resume una verdad dolorosa: el cuerpo recuerda lo que la mente niega y el alma busca la verdad para poder sanar.
Nos contamos
historias para protegernos, pero el cuerpo, con su sabiduría, revela lo que la
mente calla: transforma el malestar emocional en síntomas, en enfermedad, en
insomnio o fatiga. Entonces surge nuevamente la pregunta: ¿somos el eco de una
narrativa que nuestra mente construyó para sobrevivir al dolor, o el eco de
historias que otros tejieron en nosotros y adoptamos como propias? Quizás
seamos ambas cosas y sanar, entonces, no implica negar la historia, sino
liberarla. Comprender que, aunque quienes nos dañaron quizá no supieron hacerlo
mejor, somos nosotros quienes debemos detener el eco.
Entonces, ¿quién soy yo realmente? ¿y si la narrativa que conozco de mí no fuera más que una construcción de aquellas historias que viví, pero que no me definen?
Quizás somos eso: el eco de lo que callamos y cuando por fin lo escuchamos, cuando el silencio interno deja espacio a la voz auténtica, el eco se transforma en palabra, la palabra en conciencia y la conciencia en libertad. Entonces, quizás, llega ese instante en el que ese eco queda suspendido en el silencio: un silencio que no aísla, sino que une; que no oculta, sino que revela. De pronto, ese mismo silencio abre un espacio donde algo empieza a latir: una voz que despierta, tímida al principio, pero cada vez más firme, más viva y es allí —en ese umbral entre el silencio y la palabra— donde comienza, si logramos sostenerla, la verdadera recuperación.
Nota: mientras veía la película, me inquietaba cómo se habían filmado ciertas escenas, considerando la participación de una actriz menor de edad. Sin embargo, según la propia directora —quien además es la protagonista real de la historia—, se tomaron todas las precauciones necesarias para proteger la integridad de la niña durante el rodaje. Para conocer más detalles sobre este aspecto, puede leer la nota completa aquí.
Referencias
Alonso Puig, M. (2010). Reinventarse: Tu segunda oportunidad. Espasa.
Freud, S. (1915/2013). Lo inconsciente. En Obras completas (Vol. XIV). Amorrortu.
Freud, S. (1917/2006). Introducción
del narcisismo y otros ensayos. Alianza Editorial.
Jung, C. G. (1951/2014). Aion:
Contribuciones al simbolismo del sí-mismo. Trotta.
Jung, C. G. (1953/2010). Psicología y
alquimia. Paidós.
Jung, C. G. (1954/2010). Arquetipos e
inconsciente colectivo. Paidós.
McGilchrist, I. (2019). The Master
and His Emissary: The Divided Brain and the Making of the Western World
(2.ª ed.). Yale University Press.
Fox, J. (Directora). (2018). The Tale
[Película]. HBO Films.
Muy fuerte, gracias por compartir.
ResponderBorrarMuchas gracias a ti por tu lectura y aporte🙏🍁
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