Maternidad
Por: Diana Osorio
“Dostoievski
entendió, hace más de un siglo, que la dificultad de nuestra
liberación procede de nuestro amor a las cadenas. Amamos las
cadenas, los amos, las seguridades porque nos evitan la angustia de
la razón.” E. Zuleta.
En Argentina
actualmente se está debatiendo un tema delicado que toca muchas fibras y sobre
el cual es difícil tratar de ser imparciales: se lleva al congreso el debate
sobre el aborto legal y seguro. En promedio 47.000 mujeres mueren al año en el mundo por practicarse
abortos inseguros, o lo que es igual: clandestinos, ilegales. Muere una mujer, muere un
embrión que está empezando a formarse, y en algunos casos un feto. Por lo
tanto, la discusión por el tema de si estamos a favor o en contra del aborto
pasa o debería pasar, por otro lado. Quienes están en contra tienen una
consiga: “queremos las dos vidas”, quienes están a favor tienen otra: “aborto
legal e igualitario para salvar la vida de una mujer”. Si dejáramos de lado
moralismos, en su mayoría fundados por dogmas religiosos, podríamos entender lo
más “relevante” del tema: legal o no, el aborto seguirá existiendo, lo que se
busca con la legalidad es proteger la vida de quien se lo practica,
especialmente de aquellas mujeres que por sus bajos recursos económicos se
practican abortos clandestinos e improvisados, donde no se les garantiza la más
mínima seguridad y mueren en el intento, por su parte, aquellas que tienen cómo
costearlo lo van a practicar en manos de profesionales y con mejores
condiciones para “tener éxito”.
Cuando se empezó a
hablar sobre el tema confieso que me costaba mucho ponerme de un lado o del
otro, veía las razones pero la conciencia me hacía ver otras, no obstante;
faltaron unos buenos argumentos para saber de qué lado iba a estar. Este es sin
duda un tema, que como mencioné antes, mueve muchísimas fibras y por ahora,
prefiero no profundizar en el mismo.
Quise empezar este
escrito hablando sobre el aborto porque es un tema que, en lo personal, me ha
hecho cambiar paradigmas, sin embargo, sobre lo que quiero escribir es sobre la
maternidad. Sin duda, ambos temas tienen que ver, aunque desde el otro lado del
puente. En todo caso me parece importante mencionarlo para sensibilizar el
pensamiento, la razón, para ubicarme desde diferentes posiciones y poder así comprender
lo que implica tomar decisiones trascendentales que pueden cambiar
completamente el rumbo de nuestro paso por esta tierra.
Es la primera vez que
escribo sobre el tema de manera directa, principalmente porque es un asunto
personal y que no tiene discusión para mí, pero decido hacerlo ahora por varias
razones: la quizá menos importante pero que más me ha perseguido es la tiene
que ver con lo social. A los 22 años me operé para no engendrar y desde
entonces lo único que escucho decir de personas cercanas y otras no tanto son
cosas como: ¿por qué lo hiciste?, ¿y si te arrepientes?, ¿y si encuentras el
amor de tu vida y él quiere tener hijos?, ¿por qué tomaste una decisión tan
radical cuando somos seres tan cambiantes?, ¿qué te pasó en la vida para tomar
esa decisión?, ¡te pierdes la posibilidad de conocer el amor verdadero e
incondicional!, ¿es vanidad…? Son los comentarios más frecuentes pero no los
únicos, digamos que dentro de todo, los más sensatos. Entonces, ¿por qué vengo
a hablar de maternidad cuando ni siquiera sé lo que es ser una madre, por qué
vengo a hablar de abortos que sería lo opuesto a la maternidad? Trataré de ser
breve.
Estoy a favor de la
vida, estoy a favor de la maternidad y estoy a favor de la despenalización del aborto,
pero más allá de todo eso, estoy a favor de la diferencia, del respeto, del amor,
de la compasión y del derecho a elegir. El filósofo antioqueño y Dr. Honoris Causa
en psicología Estanislao Zuleta, en su ensayo “Elogio de la dificultad”,
sostiene que “lo difícil, pero también lo esencial, es valorar positivamente el
respeto y la diferencia, no como un mal menor y un hecho inevitable, sino como
lo que enriquece la vida e impulsa la creación y el pensamiento, como aquello
sin lo cual una imaginaria comunidad de los justos cantaría el eterno hosanna
del aburrimiento satisfecho. Hay que poner un gran signo de interrogación sobre
el valor de lo fácil; no solamente sobre sus consecuencias, sino sobre la cosa
misma, sobre la predilección por todo aquello que no exige de nosotros ninguna
superación, ni nos pone en cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras
posibilidades.” (Zuleta, 2007).
Cambiar nuestras
posiciones, nuestros paradigmas, abrir nuestro pensamiento, ponernos en el
lugar del otro y aprender a respetar esa diferencia se hace necesario porque no
somos jueces y si bien no es fácil, tampoco es justo señalar al otro y medirlo
según mis propios valores, sistema de creencias, capacidades (sociales, económicas,
cognitivas), etc., creer en todo caso que “el discurso del otro no es más que
un síntoma de sus particularidades, de su raza, de su sexo, de su neurosis, de
sus intereses egoístas; el mío es una simple constatación de los hechos y una
deducción lógica de sus consecuencias. Preferiríamos que nuestra causa se
juzgue por los propósitos y la adversaria por los resultados.” (Zuleta, 2007)
Si bien, decidí no
engendrar, tampoco estoy “libre” de eso, en esta vida todo puede pasar,
preferiría no hacerlo y por eso tomé una decisión coherente y oportuna, pero
soy lo suficientemente adulta ahora para hacerme cargo si llegara a concebir,
tampoco sé cómo reaccionaría, si pensaría o no en el aborto, si sería la madre
ejemplar que siempre imaginé ser, en caso de serlo o si por el contrario,
optaría por seguir mi vida de mujer con todo lo que eso implica: no estar al
100% a cargo de la crianza… no lo sé. Pero opinar sobre lo que está bien o está
mal no es tarea nuestra, a lo mejor nuestra labor consiste en tratar de obrar
según la propia conciencia y ésta depende de nuestras experiencias, nuestras
elaboraciones y sobre cómo asimilamos todo aquello y lo transformamos en
conocimiento.
Entonces, discutir
cualquier planteamiento con los cuales he sido abordada, no tiene sentido,
porque no lo tiene el que yo le pregunte a ninguna mujer por qué quiere ser
madre, eso es decisión de cada ser humano y se debe respetar, lo que no quita
que me sienta inmensamente agradecida por tener la familia que tengo: una madre
ejemplar, un padre entregado a sus hijos, un hermano discreto en opiniones, unas
hermanas que son excelentes madres y han dado todo lo que han podido por el
amor a sus hijos, no podemos decir que una ha dado más que otra, todas ellas,
estoy segura, han dado lo mejor que cada una tiene para hacer felices a sus
hijos.
El mes de mayo para mí
es el mes de la “maternidad”, no solo porque en Colombia se celebra el mes de
las madres, más importante aún es porque mi mamá nació en mayo, mi papá también
y mi hermana menor se hizo madre en mayo; ella que al ser madre, llenó de
felicidad un hogar después de haber enfrentado momentos tormentosos. Por todo
eso, defiendo la maternidad, conozco lo que el amor maternal puede hacer
(aclaro que mi padre ha sido otra madre, él es muy completo en su rol), conozco
el amor maternal, de una u otra forma. Entonces, ¿por qué me operé?
En un principio no
sabía por qué no me interesaba el tema de traer niños a este mundo, pero estaba
segura de no querer participar, pero después de reflexionar entendí mi
naturaleza: desde niña elegí otros roles en los juegos con mis hermanas:
trabajar en el banco, conducir el colectivo (triciclo), jugar lucha libre con
mi hermano, a las canicas, a la pelota, etc.
A los 14 años empecé a
leer literatura contemporánea de corte existencialista, lo que me llevó a
desarrollar mi sensibilidad, mi filosofía de vida… a esto se suma que a mis 16
años fui tía por primera vez y me enamoré profundamente de aquel chico, lo amé
desde que llegó a este mundo, no entendía cómo podía amar a alguien sin ninguna
intención más que el amor mismo, pero fue así, como debe ser el amor puro, sin
tantos formalismos. Desarrollé un amor que no he conocido: el amor
incondicional y en este aspecto quiero detenerme: en una etapa de su vida, tuve
varias conversaciones con mi sobrino, en algunas de ellas, dejaba ver su
inconformismo con el hecho de que sus padres y familiares siempre esperaban mucho
de él, nunca lo mencionó de forma directa por su carácter reservado, pero me
prestaba mucha atención cuando le explicaba que si los demás esperaban cosas de
él era por amor, porque deseaban lo mejor para él, en algunas ocasiones me
sugirió preguntarme si acaso los demás sabían qué era eso…, él siempre ha sido
un niño sabio. Por supuesto que nadie sabe qué es lo mejor para nadie, salvo si
se puede tener una conversación profunda, sincera y sin máscaras, pero generalmente
los padres siempre quieren lo mejor para nosotros, por lo menos, lo que ellos
creen lo mejor.
Desde mi lugar de tía,
pienso en lo difícil de ser padres, por eso mi admiración y respeto a todos los
que ejercen ese rol, pero siento una enorme libertad de poder amar sin esperar
nada a cambio, también yo quiero lo mejor para mis sobrinos pero puedo
posicionarme en el lugar de ellos sin esperar recompensas. Mi sobrino siempre
ha sabido que lo único que he esperado de él es su felicidad y sus decisiones serán
respetadas siempre que sean tomadas a conciencia para perseguir su bienestar. Sus
sonrisas siempre me llenarán de aliento y fortaleza, así carezca de su
compañía.
Cuento esta anécdota
porque es importante para lo que sigue. Si bien decidí no engendrar, nunca he
cerrado las puertas a la posibilidad de ser madre, de la forma como para mí es
mejor: la adopción y esto tiene que ver con mi filosofía de vida. Yo no quiero
participar de la obra: traer hijos a este mundo. Pienso que hay muchos niños en
situación de abandono, de maltrato, de soledad, carentes de amor, de educación,
de calor. Ese sentimiento de compasión hacia los niños, inocentes de todo en
este mundo, nació de mi sobrino. Busco en los niños la mirada de mi sobrino, la
necesidad de llamar la atención, tu atención, nuestra atención. Ignoramos
tantas cosas por vivir nuestras propias vidas, por cumplir cánones sociales,
por sembrar nuestra propia semilla y no nos damos cuenta de que todos somos parte
de lo mismo, de la misma fuerza que mueve el universo. Yo no necesito lazos
sanguíneos para amar, ni sentir un feto en mi vientre para creer en el amor, en
la compasión.
En este mundo estamos y
cada día mueren millones de niños, mujeres y hombres, víctimas de la violencia,
las creencias, el odio, el rechazo, la indiferencia, el individualismo y traer
hijos a este mundo o no, no cambiará nada, pero eso es decisión de cada uno, y
cada ser merece respeto por las decisiones que toma, y más cuando estas afectan
su vida exclusivamente, porque el día que llegue “el amor de mi vida” (como
dicen algunas personas) y quiera tener hijos, solo caben dos opciones para mí por ahora: que sea feliz en su búsqueda de la paternidad (lo que no quita que
no lo ame) o no es ese el gran amor de mi vida, desde una concepción más cursi
de la palabra amor. Por lo tanto me quedo con la primera opción, pues el amor
no debe ser condicionado, de pertenencia, creo humildemente que el amor parte
de nosotros mismos, de cuánto nos amamos, respetamos y aceptamos como somos y
el amor referido, tiene alas de libertad.
Finalmente, si bien
considero y valoro lo difícil que implica ser padre o madre, tampoco es nada
fácil tomar decisiones “diferentes”, pues por “norma” general (social y biológica)
las personas nacemos, crecemos, nos reproducimos y luego morimos. Toda esta
receta nos proporciona cierta seguridad: ya sabemos cuál es el camino. Entonces,
de alguna manera, es como si al nacer nos entregaran la receta lista y cada uno
le pone el toque que guste, el cómo. Si bien, a mi edad podría tener la vida
soñada para muchas personas, simplemente siento de otra forma, no me gustan las
cadenas, nací siendo así y cada que trato de “amoldarme” me pierdo.
De cualquier forma creo que lo divertido de esto que llaman vida, es que si bien existen
diferentes recetas, también es bueno improvisar, experimentar y construir tus
propios sueños, aunque eso implique ser señalado o juzgado de diferente, egoísta
o vanidoso… pero, ¿acaso no es más egoísta traer hijos al mundo decidiendo
sobre otro, no es más vanidoso ese deseo imperante de dejar tu semilla en este
mundo? Advierto que los lectores atentos podrían refutar que también es egoísta
abortar sin haber hecho esa misma pregunta. Por eso, considero que nuestro
mayor acto de respeto consiste en respetar precisamente esa diferencia, ese
derecho a la individualidad, a la capacidad de toma de decisiones, en todo
caso, el respeto a que cada uno elija la vida que mejor le parezca, después de
todo, estoy segura que tampoco para ninguna mujer es fácil tomar la decisión de
abortar.
Referencias
Zuleta, E. (2007). Elogio de la dificultad y otros ensayos. Hombre nuevo editores. Medellín, Colombia.
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